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Socialismo de mercado

Roberta Garza

Al ser cuestionados los chinos sobre si no le llamarían aunque fuera un poquito capitalista a una economía que, aunque controlada por el Estado en sus áreas más estratégicas, permite en todas las demás una competencia descarnada por el cliente, escasos miramientos por el bienestar y los derechos del trabajador, la ostentación y el lujo como un valor y unos estándares implacables basados en el éxito económico, éstos responden que no, que lo suyo no es capitalismo sino socialismo de mercado. Si el interlocutor o, en este caso, la interlocutora, arquea la ceja, sonríen y cuentan la anécdota del gato: esa que popularizara Deng Xiaoping y que originalmente es un proverbio de Sechuán que dice que no importa si el gato es blanco o negro: mientras cace ratones, será un buen gato.

En pocas palabras, no es con saliva invencible como se domina el mundo. O, en boca de Xiaoping sin metáfora de por medio: “No debemos temer adoptar los métodos avanzados de administrar propios de los países capitalistas (...) el socialismo y la economía de mercado no son incompatibles”.

Los resultados de esta política pos-Mao son difíciles de juzgar, pero recuerdan vagamente al México de antes del 68, cuando el precursor del Rayito de Esperanza, Luis Echeverría, no había aún hundido al país al grito de acabemos con la mafia que nos quiere robar el tercer mundo: en China el crecimiento sostenido va disminuyendo la pobreza casi tanto como ha aumentado la desigualdad; la corrupción es mal endémico; la bonanza, evidente, tarda en llegar a la domesticidad del ciudadano común; no existe la democracia, justificada la medida en que la gran masa poblacional, inculta, no está preparada para ella; los medios aplican la censura al servicio del gobierno y el orgullo patrio está a flor de piel, a pesar de que la destrucción del acervo ecológico y cultural es vertiginosa y que a nadie parece importarle.

Eso sí: a pesar de los vicios propios del modelo, y de que en China las grandes ciudades no presumen ser de vanguardia, ni tener a los mejores alcaldes del mundo, éstas son más o menos seguras, disfrutables, hermosas, limpias, con una inversión en monumentos y espacios públicos apantallante y usufructuada a cabalidad por un pueblo hospitalario y amable. Pero que nadie se engañe: a diferencia de México, donde seguimos desgañitándonos por los eslóganes más anquilosados de una seudoizquierda ñoña y odiosa, si los chinos siguen como van, se van a comer al mundo sin siquiera perder la sonrisa.