Solidaridad mexicana e ingratitud española
José Luis Reyna
Apartir de 1937, en vista de la avanzada franquista en España contra la República, el presidente Lázaro Cárdenas (1934-1940) encabezó y encauzó personalmente el apoyo a las víctimas de la tragedia española, y dictó las primeras medidas para abriles las puertas de su país. “Cárdenas (…) inició así uno de los esfuerzos nacionales de solidaridad internacional más ejemplares de este siglo. La amplia ayuda que prestó el gobierno cardenista a los refugiados republicanos españoles desplazados por la Guerra Civil fue única en la historia de las relaciones internacionales de esos años” (Clara Lida. La Casa de España en México. El Colegio de México, 1988).
Fue, en verdad, un gesto humanitario del presidente Cárdenas al ver una España sumida en la barbarie, y su República en manos de los fascistas. A pesar de la flaqueza de las arcas públicas de esa época, la administración de Cárdenas creó una institución intelectual para cobijar y proteger a profesionales, académicos y artistas que, por oponerse a Francisco Franco, fueron objeto de persecuciones y vejaciones que podían llegar, con frecuencia, al exterminio mismo. El exilio español y su acogida en nuestro país hizo posible la creación de la Casa de España (1938). Dos años después se convertiría en El Colegio de México (1940).
Cárdenas fue el promotor político de esta empresa académica. Alfonso Reyes y Daniel Cosío Villegas fueron los organizadores intelectuales de la misma. En 1939 se decidió que Alfonso Reyes, ilustre escritor y hábil diplomático, presidiera La Casa de España. Cosió Villegas, un hombre de gran visión, fundador del Fondo de Cultura Económica (1934), fue el secretario de la institución recién nacida.
La Casa acogió a un grupo de destacados intelectuales españoles, independientemente de la ayuda que hizo con otros grupos de exiliados. Coadyuvó, por ejemplo, a que se instalara la primera sede del gobierno de la República en el exilio. La Casa, y después el Colegio de México, representan una inflexión en el conocimiento y en el quehacer, particularmente de las ciencias sociales y las humanidades. Los trasterrados españoles que fueron recibidos en La Casa (otros fueron cobijados por la UNAM y el Politécnico) representaron una redefinición, de enormes dimensiones, del quehacer intelectual de nuestro país.
Sin mencionar nombres ni logros de los que vinieron, puede afirmarse que los intelectuales españoles le imprimieron un rumbo diferente a la investigación social y humanista: empezaron a hacerla científicamente rigurosa. Su talento contribuyó a robustecer también al Fondo de Cultura Económica, hoy en día una de las casas editoriales más importantes de Iberoamérica, traduciendo libros fundamentales para estudiar disciplinas como la economía, la sociología, la política y el derecho, entre otras. El exilio español define un antes y un después como consecuencia de una España destrozada y que no se repondría hasta varias décadas después: a la muerte de Franco en 1975. Esa, sin embargo, es otra historia.
Poco tiempo pasó después de la muerte del dictador español para que México restableciera las relaciones diplomáticas entre los dos países, interrumpidas desde fines de los años 30. Se reanudaron en marzo de 1977 (16 meses después del fallecimiento del “caudillo”). Era el sexenio de López Portillo (1976-1982), pero el artífice del rencuentro fue el primer secretario de Gobernación de esa administración presidencial: don Jesús Reyes Heroles.
Octavio Paz destacó que “la reanudación de las relaciones diplomáticas entre España y México, era el esperado rencuentro de dos viejas amigas que mucho tenían que contarse”. (Revista Datamex, de la Fundación Ortega y Gasset en Madrid. Abril de 2007). Y así sucedió. Puede añadirse que en este periodo de 35 años las relaciones han sido fluidas y armónicas. Baste mencionar que México es uno de sus principales socios comerciales de España en América Latina. Ahí está, como ejemplo, la enorme inversión hecha en instituciones bancarias y financieras. Vale decir que España es el octavo socio comercial de México a escala mundial y que el comercio entre ambas naciones se estima, en la actualidad, en 6 mil millones de dólares. España, por cierto, es el país superavitario.
Habría que agregar el importante flujo turístico entre ambos países. Sin embargo, España dio un giro en este rubro y lastimó la relación bilateral: hizo de su política de ingreso a su territorio un problema que fustiga a los mexicanos (y a los ciudadanos de otras nacionalidades). Aunque no se exige un visado a los mexicanos, éstos tienen que cumplir con una serie de requisitos que, de no cumplirse, se traducen con frecuencia en desplantes soberbios por parte de las autoridades migratorias españolas. La demostración: alrededor de 300 mexicanos han sido deportados por no cumplir con las exigencias requeridas por el gobierno español. El trato, cabe decirlo, carece de la cortesía elemental.
Por ahora, se tiene que cumplir con la obtención de una carta de invitación, cuyo trámite se tiene que hacer en España, por parte de algún particular que haya decidido invitar a un amigo o a un familiar. La gestión se tramita en la Comisaría de Policía. Ésta se encuentra facultada para expedir el permiso de entrada o para negarlo. El invitante, además, tiene que aportar la documentación que” acredite la disponibilidad de la vivienda”. Esto es, mostrar el título de propiedad del inmueble o el contrato de arrendamiento.
Las familias (españolas, mexicanas, hispano-mexicanas) que quieran invitar a un ciudadano mexicano (pariente, amigo) tendrán que enfrentar un farragoso entramado burocrático que, en muchos casos, se resuelve desistiendo de la invitación. La cancillería mexicana ha hecho el reclamo correspondiente sin que el gobierno español haya hecho algo para solucionar el problema que, en muchas formas, entorpece la que fue una fluida relación bilateral, dando así pie a que se imponga la soberbia y la arbitrariedad españolas. Algunos indicios, sin embargo, apuntan a que España está pensando en “suavizar” el problema, lo que sería deseable ocurriera pronto. Pero, por ahora, las exigencias burocráticas españoles se mantienen.
España es soberana y el punto no está a discusión. Sin embargo, tiene una deuda histórica con México: su exilio, sus perseguidos encontraron protección y, a muchos de ellos, les proporcionó las alternativas para su sobrevivencia. España, con el trato despótico dado a muchos mexicanos en su territorio, no corresponde a esos gestos que, en su momento, enaltecieron al gobierno mexicano. Ojalá rectifique. Si no lo hiciera, el gobierno mexicano tendrá que responder apelando a la reciprocidad.
Nota: este artículo se basó también en el libro de Clara Lida La Casa de España y el Colegio de México. Memoria, 1938-2000 (El Colegio de México, 2000).








