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"A Mano Armada": la nueva luz del icono

Técnica mixtaArturo Camacho

Un crucifijo de cabeza es la primera imagen que vemos al entrar al Museo de Arte de Zapopan, para adentrarnos en la visión del mundo según el pintor Enrique Oroz. Más que el contenido, en Aparición de la Santísima Banana sobresale su solución pictórica, hay una línea trazada con la libertad del que sabe que a la composición de color antecede un carboncillo o lápiz, su manejo del espacio y dimensión le permite contrastar su paleta cromática para enfrentarla como lo hicieron los seguidores del claro oscuro en el siglo XVII, con una meditada cocina pictórica como si se tratara de un cuadro para el Palacio del Dogo en Venecia, colores y figuras definidas. Los santos ascetas de José de Ribera [pintor español del siglo XVII] son el fondo en sus cuadros de temas religiosos.

Antes de adentrarnos en las diferentes series que componen la exposición A Mano Armada, conviene reconocer una guía en la frase, muy repetida por todos los pintores consagrados: “El pintor actual es todos los pintores y él.” La otra cuestión es el significado de la palabra iconoclasta en estos tiempos, 1300 años después de la rebelión de los iconoclastas, [en el año 726 el emperador León III el Isaurio prohibió el culto a las imágenes que representaran a Cristo o los santos]. En cuestión de historia del arte estos 60 cuadros también representan, como escribió el escritor Guillermo Fadanelli: “una secuela del antiguo y siempre renovado espíritu romántico.”

Contradiciendo al tango que dice que “Veinte años no es nada”, Oroz presenta al público una cuidadosa selección realizada por su colega Martha Pacheco:“escogí los que más me divertían,” escribió la artista en un muro de la sala; en los que exhibe 20 años de una consistente formación autodidacta representada en piezas en las que se aprecia un gusto por la cocina de pigmentos y aceite y, el conocimiento de la historia del arte, que ha puesto al servicio de su religión pictórica. En sus primeros años está citado Francis Bacon en los cuerpos deformes y caras destruidas de sus personajes; Goya se asoma en “la gula” escena en la que un lagarto se come a una mujer de la que sólo alcanzamos a ver sus hermosas nalgas; y luego vino José de Ribera, en especial con su monje penitente de Fluxux; luego observamos una revisión concienzuda de Warhol; son lecturas que sobresalen por su temática original y provocadora, y que representan un gozo para el espectador enterado. Las citas a José María Velasco en sus vistas del Valle de México, en las que sobrepone la cabeza de un decapitado bañado en rojo como en Paisaje mexicano o la palabra Fin.

Hay obsesiones por el “origen de la vida” [Courbet, fecit], el sexo femenino como fruta, semilla, hueso de durazno. Crítica mordaz al concepto de identidad, en la cabeza Olmeca cubierta por cervezas indio; a la cultura de la sociedad de consumo del siglo XX en El pato Donald asesinado por BetyBoop o Corona sin espinas; la realidad política mexicana en Breve historia de la sucesión presidencial narrada por pollos. En los quince óleos de gran formato producidos expresamente para la exposición, se aprecia un pintor resuelto a atrapar al espectador con su magistral manejo del color, el dibujo, el dominio del espacio y su provocadora forma de retarlo para dilucidar si se encuentra ante el rostro de un jerarca religioso en la pintura Jefe de jefes.

En la entrada al museo se puede leer la siguiente frase: El museo es una escuela: el artista aprende a comunicarse; el público aprende a hacer conexiones. La pintura de Enrique Oroz nos proporciona, además de un gusto por el gran arte de la pintura, la posibilidad del juego intelectual para descubrir la nueva luz del icono.

Investigador del Colegio de Jalisco