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Venus en mi tierra

Tabula rasaAlfonso Valencia

La primera feria del libro que visité fue una infantil y juvenil en el Instituto Politécnico Nacional. Ese mismo día entré por primera vez a un planetario: el programa que ofrecía el Luis Enrique Erro era un viaje a través del sistema solar. El aparato en el centro me parecía más una hormiga que un complejo dispositivo de proyección. Las luces se apagaron y, como si la cúpula de repente e imperceptiblemente hubiese desaparecido, la sala se convirtió en una pequeña cápsula que viajaba a través de los planetas, mientras una voz de canal cultural nos informaba sobre distancias, composiciones químicas, historias de descubrimientos, nombres de científicos, etc. Salí tan emocionado que le pedí a mi padre que regresáramos al recinto de la feria y me comprara un libro, ¿Cómo hacer tu propio telescopio?, que traía lentes y objetivos. Lo construí. Desde entonces soy un aficionado a la astronomía.

Un par de meses después, mi padre y yo armamos un dispositivo para observar el eclipse total de sol del 91. Ese jueves no fui a la escuela ni mi papá a trabajar. Fuimos a la Peña del Cuervo, un lugar boscoso y alto cerca de Pachuca. Colocamos nuestro dispositivo que consistía en un tubo de cartón, de esos donde se guardan planos, con un casi imperceptible orificio en un extremo y una película como de radiografía en el otro. Lo probamos, funcionó: el sol se proyectaba como un perfecto círculo blanco sobre la película. Por si las dudas, mi padre tenía un as bajo la manga: un par de lentes especiales con la leyenda Total Eclipse 1991 en un extremo. Nunca olvidaré el oscurecimiento, el sol negro y los rayos escapando y el bosque confundido.

El pasado martes, el evento astronómico del tránsito de Venus entre nuestro planeta y el sol, despertó mi antigua afición. En Pachuca, el fenómeno sería visible desde las 17:05, aproximadamente. Unos días antes, construí unos filtros para poder captar imágenes con mi nada profesional cámara: una Canon Rebel XTi de poco más de 10 megapixeles. Soy un aficionado a la astronomía, pero en asuntos fotográficos me las arreglo bastante bien (por cierto, gran parte de mi conocimiento sobre fotografía, su técnica, química y física, se la debo a un ingeniero físico por el IPN: lindas coincidencias).

Así que ahí estábamos mi hermana, mi cuñado y yo, con nuestros filtros y la laptop siguiendo el feed de Phil Plait y el stream de la NASA y de otros observatorios.

Las primeras fotografías que tomé fueron pruebas: no vale la pena compartirlas y no cuentan. Pero, cuando encontré la velocidad correcta, el sol apareció, luego de los filtros, como un punto amarillo, hermoso, en la pantalla de mi cámara.

La segunda serie la hice algunos minutos después de iniciado el tránsito, aún imperceptible.

La tercera, con una apertura más precisa, muestra al sol blanco, con una leve curvatura, una sombra, en su borde superior derecho (entre la una y las dos, si vale la comparación con el reloj): la evidencia del fenómeno: Venus desviando la luz, una sombra alterando la redondez del sol. Lo precario de mis filtros y de mi lente y de mi cámara lo captan, a pesar de todo. Me emociono.

“En un rato más, podré fotografiar un puntito negro sobre el sol”, pienso.

Pero el cielo tenía otros planes: la cuarta serie de tomas muestran una escena que recuerda a Buñuel.

Perra vida.

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Ese mismo día murió Ray Bradbury: la impresionante imaginación con la que todos nos enfrentamos, tarde o temprano, siempre iniciáticamente. Sus ideas son sencillas: los negros, hartos del trato que obtienen en la Tierra, se van a Marte, por ejemplo, en El otro pie. Ahí fundan una nueva civilización, cuyas nuevas generaciones no conocen al hombre blanco. Cuando un par de ellos salen de la devastada Tierra hacia Marte para pedirles ayuda, la expectación crece: los negros se preparan para el linchamiento: en Marte, los negros son los nuevos blancos, y viceversa. Pero cuando el cohete aterriza, la Humanidad sale a flote, al rescate: se perfila un nuevo comienzo para todos: el final nos lleva a pensar no en la exploración espacial, sino en la naturaleza del hombre, su capacidad de empatía.

“Todos debemos dejar algo al morir […] Algo que tus manos hayan creado, de modo que tu alma tenga un lugar a donde ir cuando mueras…”

Buen viaje.

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