Héctor García, "pata de perro"
Cambio y fueraAdriana Malvido
Por encima de la revolución digital que a los reporteros le ha dado brazos, piernas y ojos para recorrer el planeta desde una pantalla, la experiencia de reportear la calle permanece insustituible. Y a Héctor García, “el vago con credencial de periodista”, como lo bautizó el crítico de arte Antonio Rodríguez, le bastaba recorrer la ciudad con una cámara en mano para sentirse “dueño del mundo”.
Así, su mirada se adueñó de Tlatelolco en el 68; Siqueiros, El Coronelazo, tras las rejas de Lecumberri; Tin Tan en la regadera; María Félix en su boda con Jorge Negrete; Pedro Infante en la intimidad; Frida Kahlo en su cama; Diego Rivera pintando a Silvia Pinal; el Che Guevara; las manifestaciones de maestros, médicos y ferrocarrileros; los mayas y los tepehuanes, los coras y los huicholes con los que ilustró Los indios de México de Fernando Benítez; las bailarinas de cabaret y los cómicos de la carpa… También se adueñó de la insuperable capacidad de denuncia que tiene la fotografía en imágenes como Niño en el vientre de concreto que, dice Fernando Belmont, parece escena de Los olvidados de Buñuel.
A su biógrafa, Norma Inés Rivera, Héctor le dijo: “ese niño soy yo”. Un niño que vivió su infancia en la miseria y al que su madre, ante el abandono del padre, dejaba amarrado a la pata de una cama para que no escapara mientras ella se iba a trabajar. Desde ahí, contaba, aprendió a percibir la luz y las sombras que, reflejadas sobre los muros, le permitían imaginar figuras. Por eso, y porque su madre le dio libros y le contó muchos cuentos, Héctor recordaba esa etapa con cariño y podía ver al niño que fue como “un pequeño héroe” que, una vez que aprendió a desatarse, fue libre para recorrer el mundo. Desde México hasta China.
Reconocía como su gran maestro a don Manuel Álvarez Bravo, quien le enseñó “a escribir con luz”, igual que a Nacho López, “solo que él se hizo un clásico y yo un callejero”, nos dijo con humor a Christa Cowrie y a mí en una visita reciente.
Tuve el privilegio de conocerlo en el Unomásuno. Inolvidable su aparición cotidiana en la sección cultural junto con su comparsa de parrandas, el poeta Javier Molina. “Habitante del relajo”, le decía Monsiváis a este fotógrafo que, junto con Nacho López y Rodrigo Moya, le dio al periodismo gráfico en México un pasaporte al mundo del arte.
Gracias a María, su esposa y colega, que maneja el archivo, y a su hijo Héctor, también fotógrafo, nació una fundación que lleva su nombre y una galería que exhibe lo mejor de su obra y cuyos gastos absorbe, con gran esfuerzo, la familia. Conaculta ofrece digitalizar el acervo y construir una bóveda para conservarlo. Honraría al gobierno del Distrito Federal sumarse al apoyo en gratitud por el valioso legado de Héctor García al patrimonio cultural de México.
El deseaba “(…) un rollo fotográfico que no acabara nunca ¿Qué más podría pedir este pata de perro?”. Quizá le hubiera gustado tomar la foto de esa multitud de fotorreporteros que cubría su homenaje luctuoso el domingo en Bellas Artes y que pidió hacer una guardia de honor al maestro. Para ovacionarlo, ahora que es habitante del infinito.








