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Género vs Gramática

Barrio de pasionesAvelino Sordo Vilchis

Hace algunos días tuve la oportunidad de participar en una mesa redonda al lado de algunos colegas de diversas ramas del diseño. Y si bien no logramos encarrilar del todo la discusión en el tema —los organizadores pretendían que abordáramos «el diseño y la equidad de género»— principalmente por la imposibilidad de encontrar una hebra que nos llevara al hilo, la experiencia resultó gratificante. Y es que el tema podrá sonar muy pegador, muy políticamente correcto e, incluso, muy en línea con una cierta moda del mundo académico, sin embargo, la verdad es que resulta demasiado abstracto y carece de conexiones con la realidad del diseño.

Además, el asunto de la equidad de género tiene sus aristas, pues al construir cajoncitos para clasificarnos, propicia lo que pretende combatir: una más profunda discriminación. El tiro por la culata. Y como ejemplo, tenemos el caso de la imposición de cuotas de género en las postulaciones al Congreso de la Unión, que terminaron por generar por lo menos dos fenómenos negativos. El primero es la invención del partido del horripilante niño verde de presentar la candidatura de mujeres, para que una vez electas, renuncien a favor de sus suplentes que, por supuesto, son miembros activos del club de Tobi. La corrección política como parapeto de la simulación.

El segundo caso es el de los partidos que con la urgencia de cubrir la cuota de género que les exige la ley, seleccionan a la primera mujer que se les atraviesa, sin molestarse en analizar si la susodicha tiene los conocimientos, las habilidades o la vocación necesarios para hacer un buen papel en el cargo al que está destinada no por su trabajo ni por su talento, sino porque así lo exige la corrección política. De manera que la cuota de género —entre otras muchísimas cosas, hay que reconocerlo— contribuye a que los cargos públicos no sean ejercidos por los más aptos, por los mejores. La corrección política como promotora de la ineptitud.

En la mesa abordamos otros tópicos, como los estereotipos de masculino y femenino en las aplicaciones del diseño y hasta los patrones que no respetan los derechos laborales de las colegas. Sin embargo, quedó claro que ninguno de esos problemas tiene que ver con el diseño, sino que resultan o de la reproducción de ciertas convenciones sociales o, de plano, del derecho laboral. Al final —me permití opinar— en el diseño no hay problema derivado del género: se trata de un oficio que busca resolver determinados problemas y la cuestión central es si realizas o no un buen diseño, espacio en el que carece de importancia si eres hombre, mujer o mueble.

Más adelante se introdujo como la humedad el asunto de lo que podríamos llamar «la gramática políticamente correcta». Como si las reglas de la gramática del español hubieran sido diseñadas por una secta ultra secreta de la antigüedad, compuesta por misóginos que buscaban regatearle a las mujeres sus derechos, hubo quien postuló la importancia de hablar incorrectamente en aras de una supuesta igualdad de género, con lo que les dio la razón a aquellos políticos cuyo principal oficio pareciera ser corromper el lenguaje: «los niños y las niñas», «los muchachos y las muchachas» y supongo que «los jóvenes y las jóvenas» (Fox, dixit).

Cuando señalé que ese problema no existía en el mundo del diseño editorial, donde nos esforzamos por aplicar con rigor y seriedad las reglas de la gramática, alguien del público señaló que los editores debían unirse a la moda de lo políticamente correcto, como una «acción afirmativa». O sea, debíamos permitir que los libros se llenaran de barbaridades —hacerlos ilegibles— con el loable fin de compensar a las mujeres de la discriminación que ellos suponen sufre a causa de las reglas gramaticales. Y me pregunto ¿realmente las mujeres se sienten sobajadas porque escribimos «los muchachos», en vez de «los muchachos y las muchachas»? ¿Es en serio?

Josefina presidenta, lo que nos lleva a que es «diferenta», ¿no?