Los bienes del estado
Cartas oceánicasJosé Ramón Fernández Gutiérrez de Quevedo
Sin tiempo para estirar los europeos aprietan hasta el final a sus mejores jugadores, de un régimen privado pasan en días a ser bienes del estado, el futbol público, el de selecciones nacionales se aleja cada vez más del gran consumo, subsiste porque aunque las piernas pesen, el jugador encuentra una motivación distinta que en su club. No es fama ni fortuna, llamémosle revancha en algún caso y en otro, orgullo. En estos meses es donde medimos el verdadero ritmo de competencia del futbolista europeo, en su mayoría motores diésel con carrocería de acero. No paran, y en esa carrera de largo alcance es donde encuentran la perfección. Apenas hace un año comprobamos la flacidez con que el sudamericano asiste a su Copa América: equipos juveniles, parchados y obligados por la Conmebol a cumplir el requisito continental. Aquí sucede lo contrario, nadie se borra de una lista, la seriedad que imprime el campeonato de naciones para algunos está a la altura de un Mundial. Italianos, ingleses, alemanes, franceses, holandeses o españoles acudieron esta semana a sus concentraciones como si nada hubiera pasado, un repaso al kinesiólogo otro al médico y de nuevo al campo. A veces me da por pensar si tanto futbol no satura, si somos los aficionados los que necesitamos cada vez más, son las federaciones, los patrocinadores o son ellos, los grandes futbolistas, quienes no quieren dejar de jugar. Ojalá sean ellos, porque mientras así suceda el espíritu de este deporte estará garantizado. Esta es la gran diferencia entre quienes son futbolistas de tiempo completo y aquellos de medio turno. No hay tiempo para descuidos, ni vida nocturna, jugar al futbol en Europa más que una profesión, es una vocación, es cultura y educación.








