Entre el río Perla y el Nazas
VENTANA ABIERTAGerardo Moscoso Caamaño
La Secretaria de Cultura de Coahuila, Ana Sofía García Camil, el pasado 17 de mayo en el Museo Regional de La Laguna, presentó el primer libro de la colección “Reaperturas”, con el que da comienzo oficialmente su labor editorial.
Con esta actividad trascendental se mostró la segunda edición del libro “Entre el río Perla y el Nazas” de Juan Puig, historiador, investigador y sobre todo, hombre generoso de vastísimo conocimiento, quién rescató en su libro, para “que no se olvide”, uno de los pasajes más vergonzosos de la historia de Torreón: la matanza de chinos en el mes de mayo de 1911.
Pero el libro, como comenta Carlos Manuel Valdés, “no se restringe a narrar la masacre, sino a un rescate del sujeto y su cultura, la razón de su emigración a México, el surgimiento del racismo antichino, el nacimiento de Torreón y con él la llegada de los orientales, su ardua lucha por superarse, su éxito económico y, evidentemente, su maltrato despojo y genocidio”.
Este hecho comentado ampliamente por el autor y las diferentes personalidades que participaron en el acto memorable, nos lleva a una profunda reflexión sobre la intolerancia y la ambición soberbia de imponerse a los demás.
Si se atiza el fuego del odio y el rencor se puede llegar a caer en el vértigo de la ira y de la venganza. Toda disputa es impulsada por la terquedad en sostener opiniones, aunque sean injustificables, como cuestión personal.
La intransigencia no permite encontrar un campo común de búsqueda de soluciones; más bien cierra a cada uno en su yo aislado y produce rompimiento, escisión y discordia.
Y es que la armonía de una sociedad no es posible sin la paz interior de las personas y grupos sociales.
La paz interior de cada uno y el propio entorno implica la renuncia a la ambición de tener y poseer.
En el epílogo, Puig dice: “A los chinos de Torreón los mató el pueblo”.
El pueblo menesteroso había ganado apenas la ventaja de no disputar con extraños la pobreza de siempre. Sus patrones ganaron más, hasta la presunción de conservar “limpias” las manos.








