La fábula del Maestro
Lo bello y lo tristeJulieta Lomelí Balver
Un caballero desprovisto de carne, sería para Italo Calvino, escritor de convicciones etéreas, un hombre despojado de malas intenciones. Una versión casi platónica del cuerpo, cuando en el dialogo del Fedón, Sócrates explica que aquél es la cárcel del alma, el culpable de las malas acciones. Pensemos el mito del cuerpo-alma como una metáfora. Nacemos siendo tan sólo carne, el alma es aquel injerto que se va moldeando a partir de las circunstancias, es la parte ética del hombre. Esta parte ética que es necesaria para convertirse en un maestro de excelencia.
Calvino sabe que la filosofía es la materia prima para hacer literatura de calidad, se acuerda de Platón y la maldición del cuerpo. Le quita la carne a su protagonista y nos habla de un caballero humanamente transfigurado en pura alma, un hombre limpio, ejemplar. El caballero inexistente de nombre largo: Agilulfo Emo Bertrandino de los Guildivernos y de los Otros de Corbentraz. Y aunque los nombres largos frecuentemente son una ficción, un tipo de disfraz de lo que en realidad representan, en el caso del caballero incorpóreo, es un gran título, y al mismo tiempo, una pesada etiqueta que, él siente, debe justificar en la vida práctica. Algo así como los maestros que han de demostrar vocación para merecer ser llamados como tales.
Lo único que el caballero inexistente desea es hacerle honor a su nombre, sentir que lo merece, ponerse ante la vida como lo que es. Esta entrega a su profesión, era lo que causaba envidia ante sus compañeros: “ese Agidulfo siempre se acuerda de todo. Para cada hecho sabe citar documentos”. El que el caballero incorpóreo estuviese bien preparado, era un motivo de celos para los demás caballeros. En México, los mejores maestros son generalmente los más odiados.
Aborrecían también la humildad de Agidulfo, “que incluso cuando una hazaña era famosa y aceptada por todos, él quería reducirla a un episodio normal de servicio”. El caballero inexistente, no entendía porqué habría de tener especial reconocimiento por llevar a cabo la obligación normal de su trabajo, ésta que también tendría cualquiera de sus demás compañeros. Como el buen maestro que sabe que su única labor es dar clases de calidad –no hacer ni labor política, ni burocrática, ni convertirse en líder de un sindicato- pero hacer lo primero no significa algo meritorio, sino el deber por el cual se le paga.
El caballero ejemplar de Calvino no entiende porqué los hombres “duermen tanto”, él prefiere estar atento, hacer su trabajo de la mejor manera. Huir de “los pensamientos ociosos y distraídos de quien está a punto de adormecerse”, porque siempre hay que tener planeado lo que se ha de hacer al día siguiente. Como el buen profesor que elabora, detalladamente y con real anticipación sus clases.
Hace algunos días se festejó el día del Maestro. Profesores de educación básica en México existen algo así como unos…, ni siquiera el SNTE conoce con exactitud la cantidad. Saber el número sería una buena opción para entonces tener una idea de a cuántos vamos a festejar o recriminar.
La metáfora del caballero inexistente es la metáfora que todos aquellos maestros de educación básica –los formadores esenciales de nuestros niños mexicanos- deberían adoptar. No es suficiente con tener el título de maestro o de educador, sino que hay que demostrar que se es tal. Y que más que cuerpo, figura y forma; se tiene alma, ética y profundidad.
Feliz día del maestro, sólo a aquéllos que lo merecen.








