¿Cuál PRI ganaría?
Juego de espejosFederico Berrueto
Al reconocido actor Gael García le aterra el regreso del PRI. En este espacio, Héctor Aguilar Camín ha expuesto preocupaciones públicas sobre un eventual triunfo del PRI en la Presidencia y en las Cámaras federales. Quizás al actor debieran aterrarle muchas otras cosas, como es el drama de la violencia, pero al igual que todos está en libertad para decir, rechazar o apoyar a quien sea. El hecho es que sí es necesario un riguroso escrutinio y reflexión sobre el eventual regreso del PRI al poder.
Igual que antes, el juicio al PRI se hace sin conocerle; se juzga y condena a partir del prejuicio e ignorancia. El régimen de gobierno tenía la referencia partidaria, pero su lógica fundamental venía de la Presidencia, no de la organización partidaria. Con Lázaro Cárdenas, quien defenestró por igual a caciques políticos, gobernadores y legisladores que al caudillo Calles, inicia el régimen del presidencialismo hegemónico o autoritario. En realidad, el PRI como tal no gobernó, fue instrumento para legitimar el régimen y resolver el talón de Aquiles de la política nacional: una vía pacífica para el relevo del gobierno nacional.
El PRI nació de la base, de las regiones, en las condiciones políticas y sociales del México rural, violento e inestable. Se creó no para ganar elecciones, tampoco para representar, su diseño fue para resolver la sucesión presidencial a través de la inclusión de la diversidad política y corporativa de la época. Su control pasó del caudillo al Presidente en turno. Fue un diseño extraordinariamente útil para lo que vendría después, incluyendo la Presidencia a cargo de civiles, el paternalismo, la urbanización y el modelo proteccionista de desarrollo económico.
Mucho dice del PRI en el poder La Herencia de Castañeda, El Estilo Personal de Gobernar de Cosío Villegas o el Ogro Filantrópico de Octavio Paz. Lo que es común en esos textos es que identifican el dominio presidencialista de la política y la economía y el papel subordinado de la organización política.
La modernización del país volvió disfuncional el régimen del presidencialismo autoritario. No ocurrió por la ejemplar lucha civil de la derecha democrática o la resistencia neocardenista, sino por la crisis económica. Una Presidencia hegemónica pasó de ser garantía de inclusión, orden y paz social, a un factor de incertidumbre e inestabilidad económicas. La crisis económica echó abajo el modelo del gran elector y autoridad única en las decisiones públicas fundamentales. Fue un proceso lento, sin rupturas, en el que mucho tuvo que ver la capacidad del régimen para transformarse a sí mismo. Así se llegó a la democracia electoral, la alternancia ocurrió después.
Dentro del régimen, el impulso reformador no vino del PRI, sino de la gobernante tecnocracia. No fue un proceso sencillo. Hubo resistencias priistas y cada paso era considerado como una obsequiosa concesión a la oposición. La fuerza de los presidentes hizo someter al partido. Esto es relevante porque la alternancia echó del escenario a los reformadores tecnócratas. Ahora, en el PRI se visualizan tres estructuras diferenciadas: el de los gobiernos estatales, que hace rememorar al PNR; el de la burocracia central, y el que tenía control de las Cámaras federales. Aunque los primeros alcanzaron amplia autonomía, quienes ganaron la partida fueron las otras dos estructuras.
Sin embargo, es la primera vez que el PRI de los gobernadores ha ganado la candidatura presidencial. La incertidumbre que plantea Aguilar Camín se resuelve en la disputa al interior del tricolor. ¿Cuál PRI es el que habrá de dominar? ¿Los remanentes del PRI corrupto y corruptor, ahora arropado con la propuesta de la reforma del Estado? ¿El de la burocracia partidaria caracterizado por su autoritarismo, intolerancia y centralismo? ¿El de los gobernadores, un grupo muy heterogéneo y disperso que ha dado señales encontradas respecto al ejercicio responsable del poder público?
La campaña presidencial del PRI va perfilando al grupo ganador al interior de la organización. Esto se advierte con claridad no en el momento de los éxitos, sino de las crisis. El error de diciembre y la Ibero lo muestran. Las respuestas diferenciadas al interior del PRI no son anecdóticas, sino perspectivas claramente encontradas sobre lo que es la política, las libertades y la relación del poder público con la sociedad.
El eventual regreso del PRI no será reedición de un pasado indeseable. Lo que está ocurriendo en la campaña de Peña Nieto lo anticipa. Los errores se reconocen y se superan porque se actúa con prontitud y buen sentido político. Su divisa es la eficacia y la disciplina; no hay signos de soberbia ni de confianza, tampoco de intolerancia. En el PRI nada de eso había ocurrido en el pasado inmediato. Sin embargo, no será suficiente, se requerirá, además, un nuevo estándar de ética.








