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Los fascistas, los jóvenes y los demás

La Semana de Román Revueltas RetesRomán Revueltas Retes

Hay temas sobre los que escribo de manera repetida y recurrente. Y algunos lectores podrán preguntarse, por ello mismo, cómo es que un tipo, como yo, que censura tan machaconamente el abuso del lenguaje y la utilización irresponsable de las palabras, haya podido decir que en la Universidad Iberoamericana revolotean “turbas de fascistas intolerantes”.

Pues sí, me la voy a pensar mejor la próxima vez que me pase por la cabeza ponerle un título provocador a esta columna. El fascismo es cosa seria, señoras y señores. Y así como no creo que podamos hablar de que el antiguo régimen priista haya perpetrado un “genocidio” por haber matado a decenas de ciudadanos en ciertas circunstancias y como no podemos tampoco utilizar, con un mínimo de buena fe, la expresión “los muertos de Calderón” porque no ha sido él quien los mandó, o los quiso, matar (es decir, en ningún momento ha tenido el Gobierno el propósito deliberado de eliminar a 50 mil personas y la mayor parte de las bajas se deben a los enfrentamientos entre unas organizaciones criminales que se disputan plazas y territorios) de la misma manera no se puede calificar de “fascistas” a unos estudiantes que no están afiliados a organizaciones de corte extremista y, sobre todo, que no actúan por consigna para imponer un orden totalitario.

El episodio de la Ibero (señores correctores, por cierto, ¿creen necesario entrecomillar y poner en cursivas un término que se ha incorporado plenamente al habla común?), en todo caso, ha desatado oleadas de comentarios, reflexiones y enfrentamientos. Pero, me llama la atenciónque las imágenes —que yo considero inquietantes y amenazadoras— de esos chavales que repudian groseramente y con palmaria intolerancia a un candidato que participa, no lo olvidemos, en una elección democrática, me llama la atención —repito— que las antedichas imágenes no merezcan la natural condena del ciudadano inevitablemente amedrentado por la furia y la intolerancia sino, por el contrario, que despierten la simpatía que se le brinda al luchador social, al opositor valiente y al activista heroico. Y todo esto aderezado, faltaría más, de una dispensa otorgada a los provocadores por el mero hecho de que son jóvenes como si entre ellos no pudiera haber gente tan estúpida y tan fanática como tanta de la de mi generación.

Por lo visto, algunos comentaristas se han enternecido de verdad pero otros personajes públicos han aprovechado la ocasión, desde su muy particular trinchera, para hacer política a bajo costo: en las universidades hay que privilegiar la “libertad de expresión”, dicen, obviando el pequeño detalle de que en la UNAM, por ejemplo, no pueden poner un pie los candidatos conservadores ni los representantes de la “derecha”, repudiados ferozmente por unos estudiantes que sólo admiten el predominio de una ideología: la suya.

Me he preguntado, a lo largo de la semana, cómo es que no me ha emocionado el suceso de la Ibero en tanto que pudiera ser una refrescante manifestación de rechazo al poder y una saludable expresión de la libertad de que disfrutan los jóvenes mexicanos. Después de todo, me he conmovido profundamente al mirar las imágenes de las algaradas en las calles de El Cairo y de Túnez: las revueltas populares en los países del norte de África le han dado voz al pueblo, en el más hermoso sentido de la palabra. Pero esto, lo de aquí, creo que es otra cosa y exhibe, más bien, la desalentadora realidad de nuestro desencuentro nacional, por llamarlo de alguna manera. No es en lo absoluto posible comparar el nivel de opresión que padecen ellos, los tunecinos y los egipcios, al posible avasallamiento que denunciamos aquí —más allá de las evidentes desigualdades sociales, la injusticia y la falta de oportunidades— porque, después de todo, tenemos una sólida democracia electoral. Naturalmente, hubo un momento (y, aquí, con perdón, volvemos a lo mismo de siempre, a otro de mis temas recurrentes, pero es que hay que seguirlo diciendo, señoras y señores, porque el dinosaurio sigue también ahí) en que un mal perdedor decidió descalificar a nuestras instituciones e instaurar su muy nefanda república del odio. Y, a partir de ese instante en que el presidente constitucional de México fue un “espurio”, se abrió la caja de Pandora: no hay ya pudor alguno para soltarle “asesino” al primer antagonista que se te cruza en el camino ni para cerrarle el paso gritándole “fuera”. No hay tampoco espacio para advertir sutilezas ni matices. Es contagioso, además: ya cualquier estudiante majadero es un “fascista”…