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La restauración. El fantasma de Putin

Día con díaHéctor Aguilar Camín

He oído de gente que respeto y escucho con atención, el temor de que México viva a partir de la elección de julio una “restauración a la Putin”, es decir, algo parecido a lo que ha sucedido en Rusia desde 1999, año en que Vladimir Putin fue hecho presidente interino de Rusia por recomendación del mandatario renunciante, Boris Yeltsin.

En elecciones que nadie podría defender bajo ningún criterio digno del IFE mexicano, Putin fue electo después presidente para el periodo 2000-2004, y reelecto, gracias a una reforma constitucional, para el periodo 2004-2008.

Era inelegible para un tercer periodo, pero logró que fuera candidato a la presidencia su hombre de confianza, Dimitri Medvedev, quien ganó la elección y a renglón seguido nombró a Putin primer ministro de su gobierno. Putin fue de nuevo candidato, y ganó las elecciones, para el periodo 2012-2016, que empieza hoy 7 de mayo.

Me confieso mal informado de lo sucedido en Rusia durante los últimos años, salvo por los momentos oscuros que reporta la prensa occidental, como la guerra contra el terrorismo checheno; o la dureza judicial contra rivales económicos, como el dueño de la empresa petrolera, Boris Berezovsky, a quien Putin apresó y despojó; o su política de control de la prensa, que alcanzó un clímax siniestro con el asesinato de la periodista Anna Politkovskaya; o las protestas electorales de agrupaciones políticas que recuerdan al PAN de las épocas de la hegemonía priista.

Hay junto a esta historia oscura, la historia de los logros de Putin y de la transformación de Rusia de los últimos años, con crecimientos del orden de 7 y 8 por ciento, una sucesión de reformas —laboral, energética, de salud— que recuerda la fiebre de modernidad napoleónica de hace dos siglos; un aumento del ingreso real per cápita de 2 y media veces, una reducción de la pobreza de 50 por ciento, una reforma fiscal que aumentó los ingresos del fisco reduciendo los impuestos de los ciudadanos a una tasa fija de 13 por ciento.

El camino de Putin no recuerda a Stalin. No es algo que toleraríamos los mexicanos, pero está lejos de ser una restauración de la dictadura soviética. No sé por qué esta comparación viene al caso cuando se piensa en México, pero se ha ido imponiendo en muchas cabezas inteligentes.

Como enunciación de un peligro para México, la analogía de Putin es exagerada e imperfecta. La pregunta mexicana sigue abierta: ¿puede haber una restauración mexicana no a la Putin, pero sí a la PRI?