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Mejor de lo esperado, debate sin nocaut

Duda RazonableCarlos Puig

Quiso el equipo de Enrique Peña Nieto hacer un movimiento preventivo frente a la expectativa de que sería el priista el más atacado de los aspirantes durante el debate de ayer.

Bajo el título de “Las leyendas de Peña Nieto”, en su sitio web, repasó cada una de las cosas que se dicen del ex gobernador e intentó dar respuesta a cada una de ellas. Pequeños textos que seguramente fueron parte del guión con que se preparó Peña.

La expectativa se cumplió.

Arrancó Josefina, bien preparada, cuestionando el desempeño de Peña en el Estado de México y la acompañó López Obrador —que empezó flojo, pero fue mejorando. El ex gobernador contestó cada uno de los ataques, con diferentes grados de eficiencia.

El tabasqueño logró por muy buenos minutos hacer el debate un asunto entre él y Peña.

Peña se ensañó con Josefina. La panista, me parece, se fue desinflando. No sé si esperaba que el puntero le dedicara tiempo para atacarla con el mismo argumento que hiciera Cordero.

Quadri, que le presumirá a sus nietos haber estado ahí, la verdad, sigue sobrando. Es un chipote.

Predecible, pues, el debate no estaba para ganarlo. Sino si Peña podría perderlo.

Y eso no lo sabremos hasta que nos lo diga GEA-ISA en MILENIO esta semana.

Un regalo para terminar:

Coincidencia afortunada, en esta semana predebate llegó a mi escritorio en MILENIO “La Civilización del espectáculo”, de Mario Vargas Llosa.

Cito del capítulo V. Cultura política y poder:

“En la civilización del espectáculo, por desgracia, la influencia que ejerce la cultura sobre la política, en vez de exigirle mantener ciertos estándares de excelencia e integridad, contribuye a deteriorarla moral y cívicamente, estimulando lo que pueda haber en ella de peor ejemplo, la mera mojiganga. Ya hemos visto cómo al compás de la cultura imperante, la política ha ido reemplazando cada vez más las ideas y los ideales, el debate intelectual y los programas, por la mera publicidad y las apariencias. Consecuentemente, la popularidad y el éxito se conquistan no tanto por la inteligencia y la probidad como por la demagogia y el talento histriónico. Así, se da la curiosa paradoja de que, en tanto que en las sociedades autoritarias es la política la que corrompe y degrada a la cultura, en las democracias modernas es la cultura —o eso que usurpa su nombre— la que corrompe y degrada a la política y a los políticos”.