Cristiada
Jesús Gómez Fregoso
Después de aplaudir la proyección de la cinta Cristiada, recordé una página de la autobiografía del chihuahuense José Fuentes Mares, uno de los historiadores que más admiro. Recordando sus años de niño, escribe: “a los siete años hice la primera comunión, en vísperas de la clausura de los templos por la Iglesia en acto de protesta contra la política anticlerical de Calles, origen también de la guerra Cristera. Jamás olvidaré cómo llegaba el cura a nuestra casa, ocultándose como facineroso para celebrar el Santo Sacrificio. De aquellos días arranca mi detestación por Calles y a la par mi admiración por los cristeros, no obstante sus atrocidades. Hoy, sobre todo, ante la postración moral generalizada, me deslumbran los cristeros aunque su lucha hubiese sido por Mahoma. El callismo fue pandilla de matones dueña del país, convertido por ellos en rebaño conformista. Ahora leo con entusiasmo las hazañas de los cristeros, hombres cabales como sus abuelos de la Reforma y del Imperio, seres capaces de renunciar a las comodidades de la vida y a la vida misma, en aras de una gran ilusión. De la Reforma y la Cristiada pasamos a los actuales mexicanos, resueltos a todo para obtener dádivas al margen de compromisos morales. En mi Biografía de una nación escribí:
La Cristiada fue hazaña del pueblo mexicano, no del gobierno o sus soldados. Esa guerra probó que el pueblo mexicano existe, aunque por lo general guarde silencio o duerma. Me aterroriza pensar que hombres como los de la Cristiada hayan desaparecido, y prefiero suponer que andan por allí, confundidos entre los que salen de casa a ver a quién compran o a ver a quién venden.
De eso no retiro una palabra. En la Cristiada entreveo al pueblo que pudo ser éste, con raíces, tronco y magnífico follaje. Pueblo del cual nos queda el follaje apenas, sujeto al viento que sopla en invernaderos de primavera mentirosa. De la Cristiada podrán contarse cuantas atrocidades se quiera, pero fue raíz, como raíz fue mi madre en los días del furor anticatólico. Al celebrar misa en su pobre casa, exponiéndose a perderla por confiscación, votaba contra la tiranía cerril de Plutarco Elías Calles. Doña María me enseñó a vivir con dignidad de hombre, no con instrumentalidad de cosa. Si alguna vez he capitulado, mis debilidades sólo prueban que el hijo no resultó de la pasta materna; querría haber sido como ella, con su entereza y su fe, próspera raíz en la buena tierra.”• (Intravagario,1985, p.30).
Al hablar de la Cristiada, no puedo omitir el inspirador recuerdo de una experiencia de hace nueve años, cuando un entrañable amigo, con bien ganada fama de anticlerical, que no de ateo ni antirreligioso, platicaba conmigo sobre el tema. Vi llorar a mi amigo, cuando se había enterado de mi admiración por los cristeros. Mi amigo es hijo de un militar de esos años: recordaba, con enorme cariño y pena, a su padre que había sufrido por las balas cristeras. “Guillermo –le dije– nos tocó sobrevivir a la experiencia de esos tiempos, pero en bandos opuestos”. El mismo hecho hizo que los niños que nacimos poco después, recibiéramos sentimientos contrarios. No hay duda de que los humanos vamos haciendo y padeciendo la historia con la convicción personal de que estamos en el camino recto, camino con veredas encontradas y diversas. Es una manifestación más de lo que Kundera llamó “la insoportable levedad del ser”: la ininteligible fragilidad y relatividad de nuestros actos y convicciones; una expresión muy elocuente de la visión que tenía Pascal de la existencia frágil y maravillosa de la existencia humana: “el hombre es un carrizo pensante”; capaz de elevarse a lo más alto por el pensamiento, pero tremendamente frágil y contingente. Cada día que vivo me convenzo más de que el único absoluto es el amor de Dios, todo lo demás, todo, absolutamente todo, es relativo. Los humanos somos incapaces de meternos en el corazón de los cristeros y de los federales y dictaminar sobre el mérito o demérito de cada quien.
Pero, en mi limitado y frágil pensar, comparto las palabras de Fuentes Mares: en la búsqueda del bien que todos vivimos, me coloco del lado de los cristeros y de su lucha por la libertad de pensar y de expresar los propios sentimientos y convicciones.








