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La desconocida infancia

Lo bello y lo tristeJulieta Lomelí Balver

Cuando era niña, no quería ser niña. Las charlas de adultos me resultaban muy molestas, la cotidiana sentencia de “vete a jugar, esto es plática de mayores” me rompía el corazón. Cuando era niña, yo no quería ser niña porque los adultos piensan que ser niño es sinónimo de no entender su mundo, de aún tener poca inteligencia, y sin embargo, son ellos quienes no son tan inteligentes como para entender el mundo de los niños.

De niña, recuerdo ahora, la pasé muy bien. Jugaba y hacía esas miles de cosas en las cuales uno no sabe de responsabilidades. Estoy comenzando a creer que la infancia ha sido la etapa más hermosa de mi vida, aunque, pensándolo bien quién sabe, sólo jugaba, comía y dormía.

Dice Guillermo Espinosa en La sonrisa de la desilusión que “existe una tendencia inevitable por idealizar la infancia”. Nunca fuimos niños, al menos, no conscientemente, por lo mismo, de aquella etapa sólo se tienen recuerdos borrosos. El día en que comenzamos a distinguir entre la infancia y la pubertad, ese día, el más trágico de nuestras vidas, dejamos el reino de la inocencia.

La niñez es, entonces, un asunto de adultos. Los niños no se pueden explicar desde sí mismos, los niños sólo pueden vivir siendo niños, sin necesidad de acudir a la teorización de su propio mundo. Ellos simplemente son, no se explican qué ni cómo son. Mientras que los adultos, que mueren de envidia al ver la felicidad de sus hijos, nietos y sobrinos, han de hacer una teoría extendida del asunto, bajo el firme propósito de comprender lo que el tiempo les ha robado.

El mismo carácter de madurez es el que nos impide volver a ser niños y a sentir que nunca lo fuimos. La amnesia es la enfermedad de la adultez. La única certeza de que alguna vez fuimos infantes, como diría Guillermo Espinosa, son “los álbumes familiares”, sin embargo, “están escritos en lengua muerta y resultan imposibles de interpretar”. Cualquier esfuerzo hecho en la adultez por descifrar aquellos signos plasmados en las fotografías, no es más que versión simulada de lo que nunca podremos volver a comprender, ni aunque leamos la obra completa de Piaget y Vigotsky, en su sentido original.

Alguna vez me preguntaba por qué las personas tienen hijos. Por qué las mujeres a determinada edad comienzan a sentir una necesidad inextirpable por ser madres. En qué momento, la generalidad de los hombres padece no ser estable y busca el modo de serlo y de encontrar también “una madre para sus hijos”.

¿Cuál es el propósito de hacer bebés, o mejor dicho, de tener bebés? Una vez más, encontré una explicación sumamente fáctica a esta pregunta: “quiero recuperar mi infancia de la única manera en que creo posible: en la de alguien más. Así de sincero. Así de terriblemente egoísta”, confiesa Guillermo Espinosa en su desilusionada sonrisa…

Y aunque yo preferiría no recuperar nunca mi infancia, ¡feliz día del niño!

julieta.lomeli.balver@gmail.com