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La democracia del corral

Lo bello y lo tristeJulieta Lomelí Balver

La vulgaridad con la que se ha llevado la contienda electoral estos meses es prueba fehaciente de que la democracia está en crisis. Quiénes son los encargados de derrumbar la poca confianza que se tiene aún en dicho valor, ¿acaso el IFE?, ¿los partidos políticos?, ¿sus candidatos?, ¿los próximos votantes?, ¿los periodistas? Hablar de culpa, en este siglo suena muy cristiano, mejor hablemos de responsabilidad, ésta que tenemos todos, tanto candidatos, como votantes, público y ciudadanía en general, por contribuir a que el ejercicio democrático se esté convirtiendo en un circo.

El bogotano Nicolás Gómez Dávila –el escéptico de la literatura colombiana– decía que habría que “repetirlo y repetirlo: la esencia de la democracia es la creencia en la soberanía de la voluntad humana”. Lograr una democracia de calidad, no está entonces en manos solamente de instituciones y partidos, sino también de todos aquellos que votan y también aquellos que no votan.

La democracia es pues un asunto de soberanía humana, algo inherente a cualquier hombre de cualquier latitud, aunque es imposible negar que en muchos países –aun fundamentalistas– dicho derecho no pueda ser ejercido. Sin embargo, en México, somos privilegiados, tenemos un sistema en el cual es posible elegir a nuestros gobernantes, y expresar nuestras preferencias políticas de una forma bastante libre (con sus bemoles y censuras), tan libre, que nos hemos confundido. Se ha confundido libertad de elección, con intolerancia. Libertad de expresión, con libertad para decir estupideces.

Vivimos un autosabotaje, un tipo de minoría de edad tanto de los votantes, como de las instituciones, los partidos y sus candidatos. Un sistema que aún no ha madurado lo suficiente como para discutir, sin ofender, su propia experiencia electoral. Sufrimos una rutina grotesca del ejercicio democrático. Las redes sociales son un muy buen ejemplo del nivel de intolerancia por parte de la ciudadanía hacia sus candidatos, y la falta de criterio ante las propuestas –que seguramente desconocen– de aquéllos. Mostrar en Facebook, un video, una imagen de Peña Nieto, burlándose de su vida personal una y otra vez, o reírse hasta morir del aspecto físico de Vázquez Mota. O por qué no, idolatrar a López Obrador, como si fuera el ejemplar más admirable de la sociedad, el más cercano al pueblo. Compartir ad infinitum tales mensajes de intolerancia frívola y de admiración acrítica en las redes sociales ¿será acaso un modo de contribuir a una democracia inteligente? La opinión de rebaño –todos en un corral oliendo y compartiendo la misma mierda- es la que está mediando la presente contienda electoral.

Los votantes exigen a sus candidatos seriedad, pero deberían, también, exigírsela a sí mismos. El modo tan vulgar, intolerante, irresponsable e irremediablemente acrítico en que gran sector de la ciudadanía expresa sus afinidades políticas, es muy lastimoso, y nos lleva a preguntarnos quién tiene la mayor responsabilidad de que todo un sistema democrático se esté desmoronando. La calidad de los gobernantes se mide por la calidad de sus ciudadanos. Imagínense Usted si tuviéramos representantes en base a lo que se opina y comparte una y otra vez en las redes sociales.

julieta.lomeli.balver@gmail.com