Risas entre las llamas
Estado FallidoSusana Moscatel
El dominio escénico de John Malkovich es tal que te tiene convencido de que te está narrando personalmente sus aventuras como el asesino Jack Unterweger. De no ser porque Jack está ya muerto cuando narra La comedia infernal, uno no podría ser culpado de sentirse vulnerable ante su seducción y por lo tanto una potencial víctima más. Hasta salir a la realidad de las calles de la ciudad de México, mi cuerpo se relajó y mis emociones alcanzaron a mi cerebro en entender que tan sólo era una puesta en escena lo que acabábamos de vivir juntos y que el verdadero peligro ahora sólo radicaba en mi mente que no dejaba de identificarse con los patéticos personajes interpretados por las magistrales sopranos que lo acompañaban en escena. “¿Cómo te atreves a abandonarme?”, gritaban como sólo una bellísima cantante de ópera puede, mientras que los ojos de Jack averiguaban el ángulo más práctico para estrangularla con su brasier.
Hablando con él un día antes me dijo que le parece tema de una obra aparte en sí, la necesidad de tantas mujeres de amar lo profundamente malo. Me vio como si le fuera a protestar un poco y la verdad es que no pude más que asentir. Y recordar con él como es que esa triste característica en particular le ha servido tan bien en tantos personajes.
Me parece que ahí radica, por lo menos desde un punto de vista femenino, la verdadera tragedia de La comedia infernal. Hasta las carcajadas que nos provocaba semejante situación podían ser interpretadas como empáticas. Por la soledad de estas mujeres que tanto lo amaban y que estaban dispuestas a todo, hasta a creer en él, con tal de no perderlo, y por la absoluta falta de sentimiento o capacidad de reconocer a otro ser completo del protagonista. Por nuestra disposición a rendir nuestras fuerzas y razón ante alguien, y en este caso, por lo tanto la vida.¿Por qué resulta tan delicioso? En parte creo que es porque sólo riéndonos de nuestros propios demonios podemos soportar saber que tanto nos definen.
No hay más que agradecer a toda la gente, como el gran equipo de Diego Luna y sus inversionistas, que se empeñaron en que México tuviera esta puesta en escena en casa. Los horrores que nos azotan estos días parecen venir constantemente del mundo que nos rodea (crimen organizado, ciertos políticos, contaminación) es más fácil reír de ellos porque los consideramos nuestros enemigos naturales. ¿Pero qué pasa cuando el verdadero infierno tiene que ver con lo que estamos dispuestos a vivir por nuestros anhelos? ¿Por nuestra desesperada soledad en tiempos de tanto hacinamiento social y vacío emocional? Ahí es un poco más difícil reír. Y más allá de tener talentos de nivel mundial (musical y actoralmente) sobre el escenario, eso es exactamente lo que logra La comedia infernal.
Se unen por Rogelio Guerra
Si de algo va a servir a los actores de televisión la tragedia que está viviendo Rogelio Guerra estos días, será en que nunca más volverán a firmar un contrato con Tv Azteca sin ser asesorados por un abogado. No es asunto tan fácil, pues en esas firmas los papeles no suelen salir de la oficina del departamento jurídico, pero supongo que alguna manera encontrarán. A Rogelio Guerra, quien perdió una demanda multimillonaria contra la televisora del Ajusco no le queda nada. Ni su nombre. Y ahí es donde tantos han argumentado que viene el extremo. Cualquier centavo que gane usando su nombre, uno de los que más historia llevan consigo en la historia de le televisión mexicana, pertenecerá a Tv Azteca automáticamente. Hay miedo en la comunidad actoral que sí se está cansando que los traten (en la tv en general) como utilería deshechable. Seguramente el aparato jurídico de la televisora tiene argumentos impecables. Pero, ¿vale la pena? Porque ya de plano quitarle el nombre y el sustento a un hombre tan querido por millones puede tener consecuencias a largo plazo más costosas respecto a los talentos que puedan llegar a contratar o incuso a la preferencia del público. Es de pensarse.








