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¿Toros? Pues, en Aguascalientes...

Deporte al portadorRomán Revueltas

Mientras los legisladores del DeFectuoso se aprestan a prohibir las corridas de toros, resulta que en mi ciudad han sido elevadas a la categoría de un bien cultural inatacable. Pues sí, qué remedio, en Aguascalientes nos gusta la fiesta brava... Hay una afición que no te encuentras en ningún otro lugar de la República y, si lo piensas, lo que puede ser un drama para los taurinos de la capital de todos los mexicanos a lo mejor es una bendición para una plaza, la nuestra, que de seguro se beneficiará de la demagógica interdicción de los inquisidores de la Asamblea Legislativa.

A los amantes del toreo –gente que sí existe, con perdón de los adversarios de la tauromaquia– no les quedará otro remedio que venir a la Monumental Plaza San Marcos a disfrutar de los carteles que no se presentarán ya en Ciudad de México (digo, suponiendo que los mexiquenses no se pongan muy vivos y que te monten por ahí un ruedo portátil para celebrar corridas en Tecamachalco, en Ciudad Satélite o hasta en Neza, por no hablar de la Feria de Texcoco).

¿Y el toro, mientras tanto? Pues, como dice mi amigo Luis González de Alba, el animal se la pasa muy bien. A excepción de los odiosos perros falderos de las viudas ricas, no creo que exista casi otra bestia que reciba tantos mimos y cuidados. Es criado exclusivamente para eso, para salir un día corriendo por la puerta de toriles, embestir alegremente contra todo lo que se mueva y exhibir su noble bravura. Y no hay otra manera de preparar a un toro de lidia que brindarle espacio para moverse a su aire en las dehesas, alimentarlo de comida sana, asegurarle una envidiable libertad y, por si fuera poco, agenciarle los servicios de unas vacas que, supongo, no se darán tampoco por mal servidas si nuestro personaje decide desfogarse.

Ah, pero llega el momento de la fiesta en que hay que pagar un precio por todo esto. No hablo del tercio de varas ni del tema de las banderillas sino de lo otro, de aquello que perturba, justamente, a los adversarios de la fiesta, a saber, el instante terrible en que ese portentoso animal es atravesado por la espada del matador. Estamos hablando aquí de una ejecución pública, ni más ni menos. Es algo, desde luego, que impresiona a las almas sensibles. Y con razón. Pero la fiesta no es solamente eso sino la grandiosa escenificación de un duelo entre el hombre y la bestia. Y es una representación aderezada de elementos artísticos de una gloriosa hermosura.

¿Con qué nos quedamos?