Edición:

Brasil y Estados Unidos: una tensa relación

José Luis Reyna

La semana pasada se reunieron en Washington la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, y el presidente Barack Obama. La tensión entre ambos mandatarios fue el sello que caracterizó el encuentro. Existen diferencias entre los dos países. Brasil es un país que ha ido ganando paulatinamente un lugar protagónico dentro de la política internacional, como consecuencia de una agenda en que la diplomacia de alto nivel que practica y las alianzas que ha establecido alrededor del mundo han sido factores centrales para lograrlo.

Estados Unidos, por su parte, es todavía la potencia más importante del orbe. Sin embargo, para ejercer ese papel es necesario que construya alianzas sobre todo dentro del continente al que pertenece. En los últimos tiempos su inmenso poder ha experimentado un deterioro relativo. Brasil es el país que está destinado a ser su contraparte en la región americana y, por diversas razones, en vez de acercarse se distancian, “por la desconfianza y el desconocimiento” mutuo (M. Naím. El País, 8/IV/12). El país sudamericano ya es la sexta economía más grande del mundo. El enojo estadunidense es explicable, entre otras cosas, porque la relación de Brasil con China ha escalado a un punto en que el país asiático es, hoy en día, su principal socio comercial: desplazó a los estadunidenses.

Por otro lado, el gobierno encabezado por Obama no ve con buenos ojos la cercanía de Brasil con Irán, pese a que ha habido recientemente un ligero enfriamiento de la relación entre el país sudamericano y el régimen de los ayatolas. La acogida que el gobierno de Irán le prodigó al presidente Lula da Silva (2003-2011) hace un par de años fue en extremo pomposa e inusual. El gobierno estadunidense habría deseado que Lula fungiera como una especie de intermediario para encontrar una salida a la política iraní de enriquecer uranio en diversas plantas construidas para ese propósito.

Sin embargo, en la última visita de Lula como presidente al país islámico no se tocó el tema nuclear. Brasil tiene una bien forjada trayectoria basada en una diplomacia altamente profesional y aparentemente prefirió no intervenir en una política que concierne solamente al gobierno que preside Ahmadinejad. La presidente Rousseff no se aparta de esta postura, pero sí esperaría que el presidente iraní diera más atención a un problema que, para la mandataria brasileña, es crucial: los derechos humanos. La muerte de miles de disidentes al gobierno iraní es un punto que empaña, en su conjunto, al gobierno del país islámico. Pese a que la relación entre estos dos países se ha distanciado algo, lejos está la posibilidad de una ruptura de la relación que se ha construido: en muchos sentidos prevalece el eje Brasil-Irán, pues el pragmatismo brasileño los lleva más a consolidar su agenda internacional y tener un mayor protagonismo dentro del escenario global y en los foros que en el mismo se acomodan, que arriesgar aliados aunque no sean de lo más presentable. Lo mismo es aplicable para Cuba: a Brasil le interesa geopolíticamente la isla caribeña. Incluso más que a México.

Irán es un país estratégico. Es un territorio que contiene una de las reservas más importantes de petróleo en el mundo; ocupa el tercer lugar mundial, lo que significa que posee alrededor de 10 por ciento del total de las reservas probadas en el planeta. Esa es la preocupación del gobierno de Obama, como lo fue de sus antecesores: un país que no se allega a sus intereses y tiene enormes recursos energéticos.

En un año electoral, el presidente estadunidense tiene que ser cauto con Irán, pues si una buena parte de la oferta energética global depende de los iraníes, la misma puede hacer variar su producción y afectar o beneficiar a Obama: en pocas palabras, si el precio del petróleo se eleva, las probabilidades de reelección del actual mandatario norteamericano pueden disminuir. Ante el posible boicot de las potencias europeas y asiáticas de dejar de comprar petróleo a Irán, el presidente de esta nación ha declarado que, sin vender una gota del energético, sobrevivirían sin problemas tres años. España y Grecia no podrían decir eso.

La presidenta de Brasil mereció un trato diplomáticamente frío por parte de la administración presidencial estadunidense: un almuerzo de trabajo y no una cena de gala como habría sido lo propio. Los líderes de los dos países más importantes, económica y geopolíticamente hablando de nuestro continente, están desperdiciando su tiempo, pues atendieron más el protocolo inocuo que abordar y diseñar acuerdos sustantivos que serían benéficos para ambos: comerciales, climáticos y políticos. Ignoraron que la sexta Cumbre de las Américas tendría lugar cuatro días después de su reunión, esto es el fin de semana que recién terminó.

Estados Unidos está perdiendo la oportunidad de construir una alianza estratégica en un momento coyuntural en el que las naciones emergentes son más importantes para catapultar el crecimiento global que las economías consolidadas. De Brasil, India, China y Rusia (los países BRIC) depende más la recuperación económica global que de potencias como Estados Unidos, Alemania y Japón. Pero sobre todo de Brasil, pues EU necesita a América Latina. Brasil sería la puerta de entrada.

De acuerdo con algunas interpretaciones (Naím), la incapacidad de estos dos grandes países para llevarse mejor radica en que Brasil ascendió rápidamente en estos últimos años, en tanto que Washington estuvo muy ocupado atendiendo dos guerras, lejos de su territorio por cierto, y un grave deterioro de su economía como consecuencia, entre otras, del enorme gasto que esas guerras han implicado. Mientras que Brasil está incorporando millones de personas a la franja denominada de clase media, EU está viendo disminuir el número de clasemedieros que, al final de cuentas, son el pivote de la economía de consumo estadunidense.

Estados Unidos tiene que limar la tensión con Brasil y éste tiene que ser más flexible de lo que suele ser en la negociación de un socio económico y político de crucial importancia para afianzar los logros que ha experimentado durante los últimos tres lustros. Una alianza estratégica entre ambos repercutiría positivamente en el conjunto de la región latinoamericana y también en la endeble economía estadunidense. Mientras no se pongan de acuerdo, las tensiones serán la pauta a seguir y las consecuencias habrá que lamentarlas a nivel regional e incluso en el seno del país más poderoso del mundo.