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Un ángel de Vicenza

Lo bello y lo tristeJulieta Lomelí Balver

La memoria es tramposa, pero si de algo he de presumir, es que no tengo una mala memoria. Nietzsche creía que la mala memoria daba la ventaja de gozar muchas veces las mismas cosas, sin embargo, tener una buena memoria es preferible, porque puedes recordar hasta el detalle más mínimo, lo cual implica gozar lo vivido de manera siempre distinta. De ese tipo de memoria microscópica era el filósofo italiano Franco Volpi, una memoria contagiosa y una memoria que me contagió. Por lo que sin temor a tergiversar, yo recuerdo a nuestro Volpi, de estatura pequeña, siempre muy delgado -lo suficiente para verse sano–, inteligentísimo –un privilegio de muy pocos–, que acostumbraba ir a Delfos a beber de la Fuente Castalia, las aguas que lo mantenían joven, activo, sin muerte. Un día, él salía en su paseo acostumbrado, en busca de aquélla, llegó y ya no había más agua que beber.

La última vez que vi a Franco, presencialmente y sin alguna herramienta virtual de por medio, impartía una conferencia ante un ciento de personas, entre académicos, público especializado y de ámbitos lejanos a la filosofía –una más de sus virtudes era hablar para cualquiera–. Con esa sonrisa lúcida, que jamás he visto en ningún otro hombre, decía: “la muerte es una ladrona, llega de modo intempestivo y te roba la vida, ¿cómo les gustaría que la muerte los asaltara?” Ante tal cuestionamiento, incómodo, sólo se podría desear que la muerte llegara en el momento en que uno estuviese llevando a cabo la actividad que más le apasiona, a lo cual la moraleja de Volpi era: “siempre hay que convertir lo que más amas, en la actividad a la que le dediques el mayor tiempo posible”.

Al final de la conferencia, no faltó quien le preguntara qué era lo que él desearía estar haciendo cuando la muerte le llegara, a lo cual Franco contestó que le gustaría morir andando en bicicleta. Cuatro meses después de aquella conferencia, la muerte le tragaba la vida, mientras paseaba en su bicicleta.

Un 14 de abril, pero de hace tres años, nuestro querido Franco murió.

Aquel día gris, el mundo de la filosofía estaba consternado. Su muerte había sido muy trágica. Un accidente evitable en el mejor de los mundos posibles, pero en el mundo real, en la Italia donde los señalamientos de tránsito no son respetados por los automovilistas, inevitable. Dentro de este contexto de ineptitud, Volpi, como muchos otros a diario, fue una víctima más que pereció por un error absurdo.

Su muerte ha sido el trago más amargo de mi vida. Sin embargo, después de estos tres años, he comenzado a entender que Franco no estaría orgulloso de la actitud nihilista que he asumido ante su fallecimiento. El filósofo –como buen nietzscheano- nunca estuvo de acuerdo con la idea de sufrir la existencia. Aunque las circunstancias así lo ameritasen, había que saber conducir el navío en altamar y después de afrontar la intempestiva marea, arrebatar con fuerza el barco a la isla más cercana, para jamás naufragar. Naufragar es siempre una debilidad.

Franco fue un maestre en la costa y el océano, se embarcó en una aventura filosófica con la cual intentó combatir el pesimismo, el auto sabotaje y la autocompasión de la existencia, todo esto por medio de la filosofía.

La cura al nihilismo la encontró en Heidegger y en Nietzsche. Incluso, en los aforismos de senectud de Schopenhauer –el rey del pesimismo–, halló un fulgor optimista y uno que otro buen consejo para hacer de la vida un tránsito hermoso. Volpi me enseñó a vivir, no de la filosofía, sino con filosofía. Porque “la filosofía no es un edificio conceptual, sino una forma de vida”.

El filósofo preferido de Franco, Martin Heidegger, decía que “la muerte ha de ser comprendida como la posibilidad más propia, irrespectiva, insuperable y cierta”, una fin que nunca significa el consumarse de quien muere. Volpi murió, pero dejó –más que un vacío profundo, irremplazable–, alumnos, clases, textos, traducciones, palabras y motivos para seguir viviendo. Legó toda una herencia inacabada -no sólo heideggeriana-, sino filosófica, literaria, espiritual, que está ahí como un manantial inagotable, del que cualquiera puede beber. Porque “terminar no quiere decir necesariamente consumarse”.

Y con esa memoria microscópica que él me enseñó, sólo queda “aspirar a una sabiduría capaz de conjugar fugacidad y permanencia, relatividad y absoluto, inmanencia y trascendencia: aspirar a una sabiduría perfecta que ame las cosas pasajeras porque pasan y las cosas eternas porque duran”.

Dentro de la fugacidad de esta vida, un recuerdo eterno, eres Tú Franco.