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Infantilización del mundo

Ramón Cota Meza

Hace varias semanas tramo este artículo, aguardando un pretexto indiscutible para perpetrarlo, pero éste no llegaba. ¿Josefina y su equipo bailando “Agárrense de las manos”? ¿Fernández Noroña liándose a golpes en la Cámara de Diputados? ¿Escritores discurriendo sobre futbol como si hablaran del origen del universo? ¿Jueces y analistas exigiendo la liberación de una secuestradora por razones de técnica procesal? ¿Universitarios enardecidos coreando goles en su propio estadio…?

El pretexto llegó con el video “Los niños incómodos”, pero su contenido no es obvio porque la idea aparece invertida: niños en el papel de adultos, en vez de adultos portándose como niños. Hace poco una maestra universitaria alertó que el erotismo sexual precoz es cada vez más común por el impacto de los medios de comunicación: los niños muestran conductas sexuales adultas sin la capacidad cognitiva para discernirlas —caso similar al de Los niños incómodos.

El contenido manifiesto de este video es que el niño es amo y señor como hampón, sicario, usuario o ciudadano, pero su verdadero mensaje es que el amo y señor es el adulto porque puede usar niños para que hablen por él. La infantilización del mundo resulta entonces doble porque representa, por un lado, derechos ciudadanos absolutos (cuyas obligaciones respectivas son exclusivas de los políticos), y porque proyecta, por el otro, demandas de adultos que afirman su estado de gracia literalmente como niños.

La infantilización del mundo ha sido abordada desde varias perspectivas. Una enfatiza el ascenso del consumidor como rey y árbitro de la disputas de competencia económica; al ser erigido autoridad suprema en medio de una plétora de bienes y servicios materiales, el consumidor experimenta una regresión a la infancia por capricho o en compensación al falso sentimiento de superioridad que la sociedad capitalista le otorga (“La derrota del pensamiento”, Alan Finkielkraut).

Otro enfoque identifica el fenómeno como reacción contra la racionalización creciente de la vida en todos los órdenes: los individuos se han vuelto infantiles en sus recíprocas demandas y en las que imponen a los ambientes ecológico y social. Cuando las demandas coinciden con sus intereses a corto plazo, los individuos exhiben “racionalidad”. Más allá de eso se vuelven “irracionales” en un frenesí de diversión que suspende los principios racionales de su vida diaria. “En conjunto, este paquete de conductas no solo es esquizoide, sino también infantil”. (“Rationalization and Culture”, Alan Sica).

La infantilización del mundo ha convertido al niño y al joven en símbolos del ideal social. Federico Fellini se preguntó “qué ha podido ocurrir en un momento dado, qué especie de maleficio ha caído sobre nuestra generación para que, repentinamente, hayamos comenzado a mirar a los jóvenes como a los mensajeros de no sé qué verdad absoluta (…) ¡Ni que acabaran de llegar en sus naves espaciales (…) Solo un delirio colectivo pudo habernos hecho considerar a chicos de quince años como maestros depositarios de todas las verdades.” (Fellini por Fellini).

La infantilización es la forma moderna del “reencantamiento del mundo”. El paraíso perdido de la infancia, anhelo común a todas las épocas y sociedades, ha encontrado cauce en la confluencia del consumismo frenético, el auge del entretenimiento, el desarrollo de la medicina y la igualdad democrática, hasta convertirse en imperativo categórico global.

“La cultura occidental está siendo infantilizada. Ignoro la cadena de causas y efectos [pero sé que] los productores de nuestra cultura, la elite intelectual, perdió hace mucho tiempo toda confianza en la razón y las virtudes dependientes de ella, como la independencia, la integridad, etc. Ahora nos dan la única realidad en la que creen: acción sensacionalista sin reflexión, sin valores maduros” (blog de Myrhaf). Entre escritores es común escuchar su afición al futbol porque “los regresa a la infancia”, como si fuera la gran cosa. “La juventud es ahora un bloque, una cuasi especie; ya no se puede tener veinte años sin aparecer como el portavoz de la generación propia.” (A. Finkielkraut)

El infantilismo es el rasgo saliente de la moderna sociedad polimorfa en la que todo da igual y cada quien es dueño de su propia verdad a prueba del diálogo y el examen crítico. Toda intervención del pensamiento riguroso es descalificada por “intensa”, “moralista”, “intolerante”, “pretenciosa”, “dominante” y hasta “machista”. Toda postulación debe ser aderezada con gracejos para regocijo de la audiencia; los intelectuales alternan con los payasos, y éstos se comportan como jueces de la vulgaridad y la excelencia, que para el caso lo mismo da.

El infantilismo político se manifiesta en la figura del ciudadano mimado, aquel que se siente titular de todos los derechos y de ninguna de las obligaciones, y que por eso desdeña a la clase política y sus iniciativas en bloque, abriendo abismos en vez de diálogo.

El título “Los niños incómodos” se traiciona a sí mismo porque sus imágenes resultan incómodas de verdad, no solo para la clase política, sino para muchas personas ajenas al propósito de los productores. La imagen proyectada del país no corresponde a su compleja realidad. Lo cual no significa ignorar la inseguridad en los negocios, cuya información precisa desconocemos, pero que suponemos alarmante.

La Biblioteca Benjamín Franklin, donación del gobierno de Franklin D. Roosevelt al pueblo de México, cumplió ayer 70 años.

Twitter: @cota_meza