La tragedia del "Titanic"
Carta de viajeCarlos Tello Díaz
Los testimonios de los sobrevivientes del Titanic coinciden en que nadie, casi nadie sintió la colisión con el iceberg que, en dos horas, hizo naufragar en su viaje de inauguración al trasatlántico más lujoso de su tiempo, la perla de la White Star Line. Ese hecho marcó la naturaleza de la tragedia, que ocurrió en paz hasta su desenlace. Cito aquí los testimonios que conozco que registran el momento de la colisión, 15 minutos antes de la medianoche del 14 de abril de 1912:
“Y entonces, mientras leía en la tranquilidad de la noche, cuando casi todos los pasajeros estaban en sus cabinas, algunos ya dormidos, otros quitándose la ropa, otros más regresando del salón de fumar, discutiendo todavía, ocurrió lo que me pareció no más que una vibración algo más fuerte de las máquinas… Nada más que eso” (Lawrence Beesley, maestro de ciencia en un colegio de Inglaterra, que publicó el primer testimonio del naufragio en 1912, The Loss of the S.S. Titanic).
“Estaba a punto de caer rendido por el sueño, cuando una súbita sacudida, una vibración recorrió lo largo del barco… No era en absoluto una conmoción violenta, sólo un nítido y desagradable cambio en la monotonía de su movimiento” (Charles Lightoller, oficial segundo del navío, el único oficial en sobrevivir a la catástrofe, que dio a conocer en 1935 sus memorias, Titanic and Other Ships).
“Ni siquiera sentí el choque. Apenas supe lo que había pasado cuando el capitán vino hacia nosotros” (Harold Bride, asistente del operador de radio del Titanic, que relató su experiencia al New York Times dos semanas después de la tragedia, en Thrilling Tale by Titanic’s Suriving Wireless Man).
“De repente sentí un extraño temblor que corrió abajo de mí, aparentemente a lo largo del barco. Sorprendida por esa vibración extraña, me puse de pie, pero la confianza perfecta que le tenía a ese gran navío hizo que me acostara de nuevo” (Elizabeth Shutes, joven pasajera del trasatlántico, que escribió el corto relato When the Titanic went Down).
“Estaba disfrutando de una buena noche de descanso cuando fui despertado por una sacudida repentina y un ruido adelante del barco, a estribor, que de inmediato concluí que había sido causado por una colisión” (Archibald Gracie, quizás el último hombre en dejar el Titanic, coronel en el ejército, que murió poco después a causa de la tragedia, sin poder ver su libro publicado en 1913, The Truth about the Titanic).
Gracie es el único que describe un choque. El resto habla más bien de una especie de sacudida, una vibración, la misma que tuvo el acierto de evocar en 1997 la película de James Cameron. Esa tranquilidad con que ocurrió la colisión, con la que todos vivieron el naufragio hasta muy pocos minutos antes del final, creó un ambiente de paz en el que los pasajeros —hombres y mujeres, tripulantes y pasajeros— tuvieron la ocasión de actuar no sólo con sus instintos, sino también con sus valores y sus razones. Nadie había sentido el choque con el iceberg. La noche era maravillosa. El mar estaba apacible bajo las estrellas. El Titanic era inhundible. Había pocos botes salvavidas. ¿Qué hacer en una situación así? La orquesta tocó hasta el final. La mujer de Isidor Straus decidió permanecer al lado de su marido. Bruce Ismay, él sí, fue presa del pánico: saltó a un bote para salvar la vida, entre mujeres, humillado por el resto de sus días (era el director de la White Star Line).
¿Y Manuel Uruchurtu? La prensa lo ha evocado con frecuencia en estos días. Era el único mexicano a bordo del Titanic. Abogado sonorense, secretario de Joaquín Casasús en el juicio sobre El Chamizal, había sido muy cercano a Ramón Corral, el vicepresidente de don Porfirio, de quien llegó a publicar en 1910 un libro: Apuntes biográficos del señor don Ramón Corral (1854 a 1900). Corral registró en su diario la muerte de su amigo, a quien acababa de ver en París. ¿Qué sucedió? Lo narra su sobrino nieto, Alejandro Gárate Uruchurtu, en un artículo que leí hace años en Reforma. Al viajar en primera clase, dice, tuvo acceso a uno de los botes, cuando una muchacha inglesa, pasajera de segunda clase, suplicó que la dejaran subir. Su nombre era Elizabeth Ramell Nye. El oficial a cargo de la lancha no le permitía el paso. “Ante este hecho, y en un acto de inusitada caballerosidad, más que de heroísmo, el mexicano decidió desembarcar cediendo su lugar a la mujer”. La paz que había en ese momento permitió aquel gesto. Uruchurtu murió. Dejó a su familia. Yo estuve a punto de conocer a una de sus hijas, que tenía ya más de ochenta años, en la hacienda de Pacho Nuevo, donde vivía, cerca de Xalapa. Pero no la quise molestar. Supe que, en ese momento, era una niña que esperaba con ilusión el regreso de su padre, quien le había prometido traerle muchos regalos de Europa.
George Orwell decía que nada de niño lo había impactado tanto como la imagen vertical del barco, hundiéndose en la noche, como lo describieron los sobrevivientes. Con el Titanic naufragó también la ilusión de que no había límites para el progreso, de que el hombre era el amo de la naturaleza —la ilusión del siglo XIX. Su naufragio, que marcó el final de una época, fue también el prólogo de una era de inseguridad y dolor que arrasaría el mundo durante un tercio de siglo. El Titanic es también una metáfora, un parteaguas en la historia de los hombres.








