Ni oruga ni mariposa
Los perros y los lobos. Iréne Némirovsky. Salamandra. Barcelona, 2011.
Iréne Némirovsky (Kiev, 1903-Auschwitz, 1942) comenzó a escribir siendo muy joven, impulsada por sus lecturas de Huysmans, Oscar Wilde, Maupassant y el pensamiento de Platón. El método de escritura que suele emplear en sus novelas es el que frecuentaba Turgueniev, autor de quien asimila la técnica de documentación paralela o previa a la escritura.
Su vida no fue fácil. Después de que escapó de la revolución rusa, su familia se estableció en París. Hija única, solitaria, nunca tuvo una buena comunicación con sus padres. Estudió Letras en la Sorbona y comenzó una fructífera carrera literaria en Francia. En 1929 se publicó su primera novela David Golder, en donde narra la vida de un hombre frío tanto en los negocios como en su vida familiar (decide ser el proveedor de los caprichos de su esposa, con tal de no perder el vínculo con su hija, Joyce, quien también se ha vuelto una mujer ambiciosa). Tras esta opera prima, Némirovsky siguió explorando distintos matices narrativos. Sin embargo, cuando al fin logró formar un hogar, fue exiliada a Auschwitz donde murió en 1942. Meses después de lo ocurrido, su compañero y padre de sus hijas, Michel Epstein, también fue asesinado por los nazis. A sus hijas les dejó una maleta con textos inéditos, los cuales se han publicado poco a poco.
Hace ocho años comenzaron a darse a conocer esas novelas que habían permanecido sepultadas. Así el nombre de Némirovsky regresó a las librerías. De esa prodigiosa maleta surgió Los perros y los lobos, historia que describe las peripecias de jóvenes judíos, originarios de una ciudad ucraniana, que deben salir a enfrentar su destino, luchar por sobrevivir en condiciones inhóspitas, como si Dios se hubiera olvidado de ellos. En varias ocasiones, la escritora pone en duda las bondades divinas y, a la inversa, le atribuye a Dios errores que podrían ser, acaso, sólo de humanos. Es una manera de exhibir su desencanto por el judaísmo, tanto en sus personajes como en la vida real.
Irene Némirovsky ha demostrado que se siente cómoda con temas que están relacionados con su pasado: la errancia, el desasosiego, la incomprensión familiar, el egoísmo, la guerra, el desamor. Dentro de esas constantes se perfila un aspecto notable en su narrativa: la manera en que sus personajes enfrentan la adolescencia, etapa que, como dice Melville, puede traducirse en “ni oruga ni mariposa”. La prosa inquietante que vierte en sus novelas sorprende por su ironía y visión moderna, crítica, tanto del mundo como las relaciones familiares en decadencia.
Mary Carmen Sánchez Ambriz








