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Al grito de guerra

Luego de la Primera Guerra Mundial aparecieron varias novelas escritas por los propios habitantes de las trincheras. Por supuesto, no romantizan la guerra; todo lo contrario: nos hablan de la vida miserable y sin sentido de un soldado que lucha por intereses que no son suyos.

No son historias del bien contra el mal, sino de la vida contra la muerte, o de la razón contra la locura; de seres humanos que ofrendan su vida para satisfacer el capricho de unos cuantos.

En ellas, las trincheras son el peor de los mundos. Ahí los pies se pudren, a los heridos los devoran las ratas, se muere y se mata sin heroísmo. Los hombres respiran gases venenosos, pierden brazos y piernas y ojos y el rostro, mientras los generales, a gran distancia, comen pato con un buen vino. Por eso Charles Yale Harrison escribió Los generales mueren en la cama.

Estaban muy lejos de hacerle una apología a la violencia o a las ideas patrióticas; y dado que debilitaban el espíritu bélico, estas obras fueron prohibidas por algunos gobiernos. Los nazis persiguieron a Erich Maria Remarque y de paso voltearon su apellido para argumentar que se trataba de un judío llamado Kramer. Su maravillosa Sin novedad en el frente pasó a la hoguera para no desmotivar a la nueva generación de soldados.

La risa roja, una obra maestra de Leonid Andreyev, nos cuenta la historia de un despojo de guerra al que ni su familia quiere.

Andreas Latzko, en su Menschen im Krieg, revienta contra las mujeres que empujan a los hombres a la guerra, los despiden con flores, y al final los reciben con frialdad; pues lo que parecía un acto patriótico se volvió una estupidez.

Henri Barbusse, en Bajo fuego, nos lleva a un frente en el que no para de llover. “La humedad corroe a los hombres tal como corroe los rifles; más lenta, más profundamente”. Repleto de soldados hambrientos, enlodados, apestosos. También de cadáveres. La gran guerra no tiene nada de grandioso.

Otro escritor indeseado fue Joseph Roth. En su novela Rebelión, nos cuenta la historia de un lisiado que regresa a casa tras la guerra perdida y obtiene del gobierno una licencia para volverse organillero. Roth hubo de huir del nazismo y se refugió en París. Cuando el ejército alemán entró en esa ciudad, él se suicidó de la mejor manera posible: emborrachándose hasta más allá del límite. Salud.

Este mismo escritor comienza su novela La marcha Radetzky con una escena de la batalla de Solferino, ocurrida hace 153 años. La última en la que los tres ejércitos participantes fueron comandados por sus líderes supremos: Napoleón III, Víctor Manuel II y Francisco José I, y la termina con la ignominiosa guerra que disolvería el Imperio austrohúngaro.

Sí, la guerra suele ser una porquería. El sacrificio en masa en nombre de una idea abstracta, de un pedazo de tierra, de un hidrocarburo u otro mineral. Millones de muertes por antojos, por orgullos de unos cuantos. Por una cruz o un profeta.

La guerra es lo más despreciable y bajo que ha creado el ser humano; pero, caramba, qué buenas novelas se escriben sobre ella.

David Toscana / dtoscana@gmail.com