Ruiz Zafón: un prisionero del cielo
El catalán universal Carlos Ruiz Zafón contradijo casi en todo un poema de Joaquín Sabina, excepto por su primer verso: el prosista es, hasta donde alcanzamos a verlo, “extraño como un pato en el Manzanares”. Una rara ave en un medio que no reconoce como suyo y sobre el que vuela sin embargo, cuando así le place, sin mancharse las plumas, para hacer crecer el lenguaje y expandir la imaginación y saciar la sed de aventura de sus lectores. El buen Carlos no se deja ver tan fácilmente, concede entrevistas solo cuando toca, y cuando no, es un ser dedicado a lo suyo que de ninguna manera hace lo que conocemos como “vida literaria” (no aparece como comentarista en programas de radio o televisión, no atosiga los diarios de su país con textos de contentillo y, sobre todo, no publica un libro al año como haría cualquiera con su capacidad de convocatoria), sino que dedica sus días a escribir.
Hoy tenemos en México su más reciente novela, El prisionero del cielo, en la que hace justicia a uno de sus personajes más entrañables llevándolo a la categoría de protagonista: el muy querido Fermín Romero de Torres. Y tanto en España, donde sus obras suelen aparecer inicialmente, como en los países de habla hispana, más aquellos que se suman en traducciones, la obra vuela de los estantes en las librerías.
Y ese ha sido, desde el inicio de su trayectoria, la verdadera incógnita de su autor: ¿qué hay en sus trabajos que provoca la lectura multitudinaria, que no masiva? Si como él, cualquiera vendiese de un solo título tantos como diez millones de ejemplares (una suma que se antoja casi inimaginable), lo menos que cabría preguntarse es cómo le hace: ¿su servicio de promoción es de tal suerte poderoso? ¿Sus historias no fueron antes contadas? ¿Su prosa supera con mucho a la de sus contemporáneos?
Respondámoslo en orden: el sello bajo el cual publica, Planeta, puede aplicar la misma estrategia de mercado para el autor que así lo decida, o para todos por igual, y sin embargo el merecido éxito de Zafón no responde a criterios mercantiles. Su inicio, su capital originario digamos, lo obtuvo a partir de 1993 cuando dio a conocer la novela para jóvenes lectores titulada El príncipe de la niebla —la cual mereció el Premio Edebé—, y la que sumó, dentro de la misma tesitura, El palacio de la medianoche, Las luces de septiembre y después Marina. Y sí, se convirtió merced a todo ese trabajo en uno de los autores “para jóvenes” más leídos en un país como el suyo, que tiene un amplio mercado interno del área y que exporta cantidades ingentes de obra para Latinoamérica, lo mismo que hace con las traducciones al castellano de libros que nos llegan a través de los sellos españoles. Y nada más. Hasta ahí, Ruiz Zafón no es más que un autor reconocido entre muchos otros que han merecido el aprecio de los lectores.
Las historias del autor en caso han sido abordadas tanto como es posible en España: la mitad del siglo XX con Franco metiendo mano en vidas y destinos. Si hay un periodo español que haya generado autores y estudios históricos en época reciente, ha sido justamente ése. Y en esa Barcelona persisten, desaparecen y reaparecen los personajes que dan cuerpo a la segunda parte de la labor de Zafón: sus llamadas “novelas para adultos”, que son eco de aquellas para “lectores jóvenes”, pero con una temática marcadamente politizada, como cabría esperar. Y si no de la nada, sí del mosaico de autores para jóvenes aparece en 2001 su obra La sombra del viento, con la cual el novelista se despega del pelotón de autores de obras juveniles, se planta en el mundo adulto y se convierte en un fenómeno literario que arrasa con premios y tirajes.
Hubo que esperar largos siete años para que en 2008 diera a conocer El juego del ángel, que retoma algunos hilos narrativos de su novela anterior, pero que no sucede de manera consecutiva ni lineal a La sombra… Y luego hubo que esperar otros cuatro años más para El prisionero del cielo. Hablamos de tan solo siete libros en veinte años, y sí, de una prosa decantada, para responder a nuestra tercera interrogante, de personajes vigorosos, de malditos que son malditos hasta cuando quieren ser buenos y de buenos que son humanos con aciertos y errores aunque no busquen ser buenos.
El mundo en torno al cual se tejen las tres novelas recientes de Zafón es una biblioteca privada que lleva por nombre “El cementerio de los libros olvidados”, con lo cual sabemos que las obras del autor tratan de otros libros que a su vez interconectan aquella Barcelona al mismo tiempo delicada y violenta, cruel y solidaria.
Una frase de ejemplo, proveniente de El prisionero… vale por toda la novela y por todas las explicaciones que se quieran encontrar al “fenómeno Ruiz Zafón”; escuchamos decir a uno de sus personajes: “Descanse ahora, amigo mío. Que el cielo puede esperar. Y el infierno le viene pequeño”.
Ruiz Zafón es prisionero de su propio cielo, un cielo de millones de ejemplares vendidos y del cual muchos quisieran ser al menos visitantes invitados.
César Güemes








