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Realidad artística

Georg Simmel explicó que las actividades humanas que no tienen ningún fin práctico, como el deporte o el arte, subsisten como “forma” pura, pero provienen de un ancestro que servía para satisfacer determinadas necesidades básicas. El deporte se remontaría a la cacería, o el arte a las representaciones gráficas para obtener el favor de las deidades. Conforme las sociedades se volvieron más complejas, estas formas puras cobraron una vida propia y se distanciaron de su propósito original.

En ocasiones pareciera que el arte conceptual contemporáneo es una nueva vuelta de tuerca, disociado incluso de las formas estéticas que lo precedieron. A menudo tiene que ver más con cuestiones de esnobismo, y por lo mismo es muy refrescante encontrarse con ejemplos contrarios, como es el caso del artista británico Jeremy Deller. Basado en la premisa de que el “arte no se trata sobre lo que creas, sino sobre lo que provocas que suceda”, Deller se nutre de fenómenos sociales para crear obras que a su vez modifican la percepción de dichos fenómenos. Su pieza más famosa es “The Battle of Orgreave”. Se trata de una meticulosa representación de la represión policiaca a un conflicto sindical cerca de la mina de Orgreave. Deller planeó los papeles e indumentarias de los más de 1000 participantes. Es impresionante ver cómo los actores se posesionan de sus papeles, deviniendo por un instante policías y huelguistas trenzándose a golpes. Esta obra transmite de manera más eficaz la fría brutalidad de la aniquilación tatcherista de los sindicatos que cualquier sesudo tratado académico. (Imaginemos el efecto que tendría en México una representación bien montada de la masacre de Tlatelolco en la Plaza de las Tres Culturas).

Otra pieza impresionante es un coche destruido por una bomba suicida en Bagdad que causó decenas de muertos. Deller lo llevó en un tour por Estados Unidos, acompañado de discusiones públicas en las que participaba un militar americano retirado y un iraquí. Supongo que fue como dar una pequeñísima probada a los americanos de la sensación de llevar la guerra, por una vez, a su propio territorio. Además del innegable placer estético, el arte puede incomodar hasta obligarnos a realizar las preguntas que buscamos evitar a toda costa. Jeremy Deller sabe poner el dedo en las llagas más ardorosas, respondiendo así a una necesidad básica siempre muy minoritaria: la de oponer resistencia a los aparatos demoledores, aún a sabiendas de que es un acto fracasado desde antes de empezar.

Eduardo Rabasa