Vida y letras
La serpiente emplumadaMargarito Cuéllar
Se dice que la poesía es el patito feo de los editores. El género menos socorrido por los lectores y el más frecuentado por los autores. Y suele cerrarse la discusión con un rotundo: la poesía no se vende. De tal forma que estudiar Letras, sobre todo para algunos desesperados padres, es echar una carrera universitaria a la basura y poner en duda el futuro.
Yo mismo, al terminar la prepa, decidirme entre estudiar literatura o periodismo significó una ruptura existencial. La fila estaba cada vez más corta, el edificio de Rectoría en Ciudad Universitaria parecía crecer y yo como que disminuía de tamaño a medida que mis dudas aumentaban.
Mi yo ingenuo y soñador me empujaba hacia un mundo en el que mis poemas podrían por fin ser escuchados, publicados, aplaudidos. Mi yo pragmático me jalaba de las greñas cuando estaba a punto de firmar la solicitud que me abriría las puertas de los grandes foros literarios y me arrojaba a la redacción de un periódico.
No es que matara al yo aspirante a escritor al garabatear la palabra periodismo, que por otra parte tampoco era sinónimo de opulencia, vida plena y confort. Poco antes de llenar la hoja en la que debería poner Filosofía y Letras o Ciencias de la Comunicación, me vi en el fondo de un vecindario aporreando una máquina de escribir destartalada. La imagen cambiaba de inmediato y aparecía un tipo enflaquecido, aporreando una máquina de escribir igual de destartalada que la de la imagen anterior, sepultado entre noticias, reportajes, fotografías y entrevistas. Las imágenes se sucedían como relámpagos en mi cabeza. Mientras Truman Capote me arrojaba a un mar sin fondo, Pablo Neruda me daba ánimos en su mansión de Isla Negra. García Márquez me ofrecía una entrevista exclusiva desde su mansión amurallada de Cartagena, pero el saltillense Manuel Acuña, al borde del suicidio y con apenas 25 años, me mostraba su última carta a Rosario, la del “Nocturno”.
Cuando me paro frente a un grupo de estudiantes, ya sea para dar una clase o una conferencia, aclaro siempre que el escritor, salvo raras excepciones, no es ejemplo de nada. Y que a literatura, salvo raras veces, sirve para algo práctico. La licenciatura, que debería ser de cuatro años, la hice en seis. Reprobé fotografía y el español me lo llevé a puro panzazo. Tardé 20 años para sacar un título. Hice la maestría después de los 40. Pasado el medio siglo y más allá pienso si valdrá la pena entrarle al doctorado.
No creo haberme equivocado de camino. Estudies lo que sea, a la hora de liarte a golpes con la vida todos somos autodidactas. Eso sí, el gozo de lo aprendido, lo escrito y lo vivido no te lo quita nadie.









