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Serpiente Emplumada

Cartas oceánicasJosé Ramón Fernández Gutiérrez de Quevedo

Sergio Pérez ajustó el visor del casco, calzó los guantes, encendió su carro de fuego y empuñó el volante de una máquina del tiempo. Debió respirar unas cuantas veces antes de escuchar la arrancada de miles de caballos desbocados, apocalípticos, infernales. Con esa personalidad juvenil se deslizó entre la lluvia sorteando un camino lleno de peligros. Condujo con la delicadeza de un pintor y apretó el acelerador con la frialdad de un loco. Artístico en las curvas y suicida en las rectas. Posee las características del México mitológico: pasión por la vida y amor por la muerte, nació piloto de Fórmula Uno; es la nueva Serpiente Emplumada. Su triunfo en Malasia ocurre en una época donde el automovilismo de primera línea controla cada vez más los fierros que los nervios. La tensión de una carrera se pierde entre variables tecnológicas. Nunca se sabe si gana el hombre o la máquina. Las condiciones naturales de Sepang y una fecha temprana en la temporada, evitaron que aquellas escuderías como Red Bull dependientes de las tuercas no pudieran explotar al máximo las actualizaciones de sus motores, sistemas y diseños. Era por lo tanto una prueba para esos equipos que confían sus coches al talento y la valentía de sus pilotos, no de sus piezas. La carrera de Pérez dominando en cada metro de la pista a las grandes fieras del automovilismo mundial con un Sauber inferior, lo confirman como integrante de esa clase de pilotos pura sangre capaces de manipular el fuego, el viento, la lluvia y el tiempo. Son gente de otra pasta, siempre por encima de las capacidades de su coche. Fernando Alonso era el otro, detrás suyo venía el sustituto, un mexicano con cara de niño, la historia de un guerrero y el alma envuelta en piedra.