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Teatro de y sobre el "narco"

El teatro es inseparable de la realidad. La dramaturgia tiene una vinculación estilística e histórica, hoy, mucho mayor que la literatura narrativa. Por ejemplo, desde la aparición en 1988 de De la calle, de Jesús González Dávila, en dirección de Julio Castillo, no se ha dejado de tocar el tema de las drogas en la escena mexicana; Crack, o de las cosas sin nombre, de Édgar Chías en dirección de Martín Acosta, de 2006, tiene similitudes que nos orillan a pensar en la importancia del teatro para entender un fenómeno contemporáneo que ha destrozado a miles de mexicanos, envueltos en la violencia del narcotráfico.

O Contrabando y DeSazón, de Víctor Hugo Rascón Banda, dirigidas por Mauricio Jiménez y José Caballero respectivamente, piezas donde la cotidianidad de la gente común se ve desquiciada por el tráfico de drogas en regiones donde la policía también tiene permiso para delinquir. Obras espléndidas dignas de aparecer en una antología de literatura mexicana mientras que los críticos y ensayistas no contemplan a la dramaturgia, no observan que en el teatro se está representando una buena parte de nuestra realidad reciente con estilo y forma impecables.

No es nuevo el tema de las drogas y el narcotráfico. Pero sí, y muy elocuente, su presencia en la dramaturgia nacional de las últimas décadas. Amarillo, con textos de Gabriel Contreras, dirigido por Jorge A. Vargas, nos lleva a recorrer del sur de México a la frontera con Estados Unidos en un tren de carga; catorce mujeres del municipio de Amatlán de los Reyes, en Veracruz, conocidas como “Las Patronas”, dan comida y bebida a estos emigrantes que viajan clandestinamente a un destino incierto, los que caen en las garras del narcotráfico y terminan en fosas comunes como las de Tamaulipas.

Dramaturgia de primera en un país de quinta. He escrito con vehemencia del trabajo de David Olguín y su pieza Los asesinos. Pero no había mencionado nada sobre la dirección y texto de Mauricio Jiménez en El asesino entre nosotros: las muertas de Juárez como inventario de lo que sucede en el desierto de Chihuahua, de la corrupción policiaca, del acallar a los periodistas, de la inmoralidad de las autoridades, del crimen como vida cotidiana. Textos —los de todos los aquí mencionados— recargados de poesía, esa literatura revueltiana de la que al parecer ninguno de los investigadores especializados se ocupa; la academia, menos.

Alguien tendrá que escribir un largo ensayo teatral de y sobre el narco y las drogas en la escena nacional. Urge que el Centro de Documentación Teatral Rodolfo Usigli concatene, reflexione estas obras —y muchas otras, como En el centro del vientre, de Medardo Treviño— en un trabajo de investigación necesario para entender una realidad que nos azota hasta los huesos. Mencionar el tema, hoy, es apenas un repaso que quiere advertir una deficiencia de nuestra crítica especializada.

Braulio Peralta / braulioperalta@yahoo.com.mx