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La covacha de Tolsá

Agua de azarJorge F. Hernández

Todos los años, desde hace 33, el Antiguo Palacio de Minería, en algún tiempo sede de la Facultad de Ingeniería de la UNAM, abre sus puertas para convertirse en Feria Internacional del Libro.

Recuerdo que hace casi treinta años fueron vistos en este llamado Palacio de Minería un par de enamorados que quizá ni se sabían como tales. Deambularon por el patio central con el pretexto de otear novedades editoriales, descubrir libros pendientes o simular mutuas recomendaciones de cuentos y novelas, aunque de lejos se les veían ganas de abrazarse, como si en ese instante se embarazaran de los hijos que hoy, casi treinta años después, deambulan por estos mismos títulos y autores que ellos comentaban en voz baja, en medio de una multitud que serpenteaba por los patio central como peregrinos apretujados en torno a una piedra sagrada.

Ella, hoy idéntica, lanzaba luz desde los ojos azules sobre los lomos de los libros que mostraban unicornios y él, sin saber que el tiempo habría de embadurnarlo con cincuenta kilos de sobrepeso, fingía serenidad e incluso le insinuó que saliendo de la feria podrían ir a tomar un café (sin confesar que su presupuesto sólo alcanzaría para dos cafés, y nada más). Entre los miles de visitantes que colmaban la feria, surgieron de pronto, como en racimo, amigos de él, escritores en potencia, en ese entonces autores inéditos, poetas de servilleta que le hacían burla al verlo del brazo de una mujer bella… y lo despeinaban y le zarandeaban las solapas del saco, y lo empujaban levemente de un lado para otro, sin que él se diera cuenta que en realidad estaban llenándole los bolsillos de billetes y garantizando que, en vez de un par de cafés, la pareja viviera la noche de ese marzo que ya quedó en el pretérito para siempre la primera cena, sobremesa y beso de toda una vida que se lee feliz, con todos los accidentes, tribulaciones, fortunas y desgracias con las que hoy vuelvo al mismo Palacio en busca de encontrármelos, idénticos: ella y su mirada sin horarios; él, sin tantos kilos encima, escribiendo sin pluma estos mismos párrafos.

Todos los años (desde hace 33) el Antiguo Palacio de Minería (en algún tiempo sede de la Facultad de Ingeniería de la UNAM) abre sus puertas para convertirse en Feria Internacional del Libro. Al paso de las canas, se han visto transitar por entre miles de libros y miles de lectores en potencia a poetas inmortales, novelistas eternos, ensayistas trascendentales, antologados efímeros, científicos salidos por una sola vez de sus laboratorios, palindromistas enrevesados, versadores verbales, cantantes en letra sin música, amas de casa en busca de autoayuda, niños con tareas escolares pendientes, adolescentes que aventuran la primicia de sus primeros romances, jubilados que buscan el recuerdo de sus libros en sepia, abuelos que regalan a sus nietos cuadernos de dibujo, abogados en pos de códigos, enamorados que plagian poemas y fantasmas de historiadores que se adelantaron hacia el pretérito que nos espera a todos, novelistas que se convirtieron en fantasmas y poetas muertos que vuelven año con año para celebrar la posible reimpresión de una de sus metáforas.

Duele con sonrisa subir con tanto esfuerzo la misma escalera de siempre, entre la callada gratitud por haber sobrevivido un infarto de espanto y la necia incertidumbre de no saber a ciencia cierta qué me quita ahora el aliento… y duele subir los escalones y ver que en los pendones donde cuelgan los nombres de los escritores fallecidos desde la pasada edición de esta Feria de Minería aparece Eliseo Alberto… y sigo sin poder creerlo. Pero tomo aire y cierro los ojos: vuelvo al estudio azul y oro de la UNAM para un año más de transmisiones de La covacha de Tolsá, el programa de radio que me permite celebrar a los escritores, editoriales y lectores que la dan vida a la literatura que nos rodea: celebro los diez primeros años de la editorial Sexto Piso y todos los títulos de su catálogo, los siete años de Almadía y el libro número cien de su catálogo que firma Juan Villoro, bajo el enigmatico título ¿Hay vida en la Tierra? Y celebro los siete años de Tumbona Ediciones, que ha tenido a bien editar La sonrisa de la desilusión, un conjunto de ensayos hilarantes sobre el humor, escritos precisamente con buen humor por Guillermo Espinosa… y celebro que existan de veras tantos lectores y todos los fantasmas de poetas muertos y novelistas inmortales que pueblan mis madrugadas en La covacha de Tolsá, desde donde me asomo por una claraboya y miro de lejos a una pareja que se besa bajo la lluvia, sin importarles el tiempo, ni el agua, ni el hecho de la neblina que confirma que son pura literatura.

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