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Retrato hablado

Sus facciones podían parecer muy masculinas y casi toscas, si no fuera por su cuerpo alto y majestuoso, y su pecho y hombros poderosos, y, sobre todo, por la expresión severa y a la vez apacible de sus grandes ojos negros, rodeados por una profunda sombra bajo las cejas negras, y por la suave expresión de su boca y su sonrisa. Rara vez sonreía, por eso su sonrisa era más efectiva. Exhalaba fuerza y salud virginal”.

Esta es la forma como Tolstoi describe a la chica más bella del pueblo en Los cosacos. La descripción necesita que antes se nos haya aclarado que la mujer es bella, pues de lo contrario podríamos imaginar otra cosa.

Por mucho que se esmere el novelista en revelar la fisonomía de una mujer, cada quien la entenderá a su manera, aun con aquellos atributos emblemáticos de la literatura, como los pechos turgentes y las piernas bien torneadas. Y es que la palabra es una abstracción, provocando que los escritores tiendan a recrear a las señoritas de Aviñón más que a la Gioconda.

Ya sabemos que el porte que Doré le dio a Sancho Panza se aleja una enormidad del que Cervantes nos describe. Y sería interesante pedirle a varios especialistas de la PGR que leyeran Madame Bovary y nos hicieran el retrato hablado de Emma. ¿Qué tan distintos serían unos de otros?

En Sebastopol, el mismo Tolstoi nos describe a un hombre: “Atractivo, delgado, moreno, con una larga y angosta nariz y un largo bigote que sobresalía de sus mejillas”. ¿Qué lector de veras se detiene a hacer una concienzuda imagen mental de este hombre? ¿Qué se entiende por atractivo? ¿Qué tan larga y angosta es una nariz larga y angosta? De acuerdo, el bigote es largo, ¿pero espeso, ralo, rizado?

Con las palabras nunca se sabe. No son precisas ni al decir: “Una rosa es una rosa es una rosa”. Eso me gusta. Así, la mujer del primer párrafo tiene un cuerpo tan alto y majestuoso como yo lo decida, sus ojos son tan grandes como yo quiera y sonríe como a mí me gusta que sonría. Tolstoi la sugiere; yo la hago a mi medida.

Una medida que ha de tener sus límites. Si se dice que tiene hombros fuertes, yo no debo imaginarla frágil, sino con esa belleza campesina en que la disposición al trabajo pesado era parte de los atributos estéticos.

Por eso ha de haber un error si alguien supone que Anna Karenina se parece a Greta Garbo y otro piensa que más bien le da un aire a Sophie Marceau. O quizá no sea un error sino meros criterios de presupuesto y taquilla.

Una vez más estoy hablando de Tolstoi, y no puedo evitarlo porque estoy leyendo sus obras completas, que en realidad no son completas, pues mi edición es de veinticuatro tomos y tengo entendido que la versión rusa alcanza los noventa. La cosa es que espero aprender un poco de lo mucho que él sabía sobre la condición humana.

Si bien, aunque lo considero un sabio, no le tomaría al pie de la letra sus ideas sobre la belleza femenina. Jamás, al beber una copa con una mujer, le soltaría un piropo tolstoiano: “Oh, amada mía, exhalas fuerza y salud virginal”.

David Toscana • dtoscana@gmail.com