Impartición de filosofía
Ramón Cota Meza
La filosofía no es una materia a ser enseñada, de ahí el fracaso de su impartición escolar. Hay que borrar el rótulo “filosofía” del currículum y poner lo que realmente se enseña.
Ilustración: Mario Fuantos
La Secretaría de Educación Pública reconsidera la impartición de filosofía en bachillerato. Como se sabe, la reciente reforma de la educación media diluyó la materia al mínimo, lo que provocó un movimiento de protesta de maestros. “Al ver en peligro su fuente de trabajo, muchos profesores empezaron a buscar justificaciones teóricas y prácticas” de su actividad, dice el profesor Eduardo Harada. Vaya, los maestros de filosofía se pusieron a filosofar.
Sobre la enseñanza escolar de la filosofía, la experiencia aconseja escepticismo, a menos que el estudiante desarrolle interés propio y tenga la suerte de contar con un maestro capaz y sensible, condiciones muy difíciles de encontrar juntas. Mathew Lipman dedicó su vida a enseñar filosofía a los niños y concluyó que “si la filosofía tiene un talón de Aquiles, sería la preparación del maestro.” Lipman veía mayor interés genuino en los alumnos que en sus maestros.
No estoy seguro de esto último. Filosofar siempre será difícil porque descansa en la elección moral de traspasar el mundo de las apariencias, es decir, supone el valor de sostener opiniones contrarias a las de la mayoría y asumir las consecuencias del aislamiento. Por eso la filosofía no puede ser tratada como una materia más. Lo que generalmente se enseña bajo el rótulo “filosofía” es historia de las ideas filosóficas y habilidades de argumentación.
Filosofar implica preguntarse qué hay detrás o más allá de la inmediatez de las cosas, ampliar y redescribir contextos, prever consecuencias. Ya que los acontecimientos vienen envueltos en interpretaciones de los poderes interesados, descontextualizados y hasta edulcorados por sofistas que usurpan funciones intelectuales, encararlos filosóficamente conlleva riesgos importantes para la integridad personal. La historia enseña muchos casos desde Sócrates.
La filosofía, como la poesía, “nos ocurre”: viene con los dilemas y las perplejidades que la vida y el mundo nos deparan. Cuando sentimos que responder a este llamado es vital para nuestra existencia es que empezamos a filosofar. La frase “vital para nuestra existencia” no significa búsqueda del confort ni de la felicidad. Pues reconocer la verdad de algo puede ser desagradable, si bien la fuerza de lo verdadero puede reconciliarnos con nosotros mismos y el mundo. Esta es quizá la única recompensa del filósofo.
“A pesar de las ilusiones, la verdad existe, pero la reconocemos tarde, por eso es trágica”, dijo Franz Kafka. Me he puesto a desmenuzar esta frase y la sigo así: reconocemos tarde la verdad porque vivimos de ilusiones y deseos; vivimos de ilusiones porque las necesitamos para dar sentido a la existencia, por eso las perseguimos hasta que se desvanecen ante nuestros ojos. Aun las ilusiones cumplidas nos dejan insatisfechos. El hombre es un ser que anhela.
Por ser anhelantes buscamos superar nuestros propios límites: tal es el pecado original, el origen de lo trágico. Y es justamente la superación de nuestros límites lo que el orden de cosas imperante nos incita a perseguir. ¿Qué es la crisis financiera global sino la monstruosa agregación de deseos individuales por superar los límites propios? Varias voces en condiciones de ser escuchadas advirtieron el colapso que se cernía sobre el mundo y nadie las escuchó. ¿Por qué? Porque la mayoría prefiere vivir en la ilusión.
He ahí un problema filosófico a escala planetaria. Ahora bien, un sistema educativo basado en la transmisión de “competencias y habilidades” para “competir en un mundo globalizado” es incapaz de enseñar filosofía por definición. Lo que puede enseñar es técnicas de argumentación para competir: nos regresa a la práctica de los sofistas. Filosofar es cuestionar, no por deporte, como lo hacen los pedantes, sino por ser vital para la existencia.
La preocupación por retomar y reforzar la enseñanza de filosofía debería preguntarse si los fundamentos y objetivos del modelo educativo vigente son pertinentes para la formación de ciudadanos conscientes de sus responsabilidades públicas. Como esto no va a ocurrir, lo más probable es que la discusión termine en lo mismo de siempre: enseñanza de la historia de las ideas filosóficas y ejercicios de argumentación.
Para evitar malentendidos y falsas discusiones, habría que eliminar la palabra “filosofía” del currículo y poner en su lugar lo que realmente se enseña. A fin de cuentas, esto no afectará al pensamiento filosófico, y los estudiantes inclinados a filosofar lo seguirán haciendo porque no podrán hacer otra cosa.
Filosofar es destino y es una ocupación grave; puede ser apasionante, no divertida. Los niños pueden hacerse preguntas profundas pero su inexperiencia e inmadurez les impiden asumir las consecuencias de las respuestas; no hay manera de introducirlos al pensamiento filosófico con cuentos infantiles. Hay que advertirlo ante el consenso de que las cosas deben ser “divertidas”. Hay cosas que no lo son, y es correcto que no lo sean. Una de ellas es la filosofía. Pues aun el humor filosófico saca chispas o deja un sabor amargo.
Banda ancha: La alianza Telmex/Telcel-Lucent/Alcatel para desarrollar la infraestructura de banda ancha en el país (más de 8 mil millones de dólares en inversión) no ha provocado ningún comentario del gobierno ni de los publicistas de la competencia en telecomunicaciones. ¿No es banda ancha lo que quieren?









