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Basura, política y elecciones

De monstruos y políticaMarco Rascón

Conforme a la Real Academia Española, la “basura” es suciedad —cosa que ensucia—; son residuos desechados y otros desperdicios; es el lugar donde se tiran esos residuos y desperdicios; una cosa repugnante o despreciable.

Pero la basura es también una mina inacabable: el 60 por ciento de las 12 mil toneladas diarias de basura que se recolectan en el DF está constituido por aluminio, papel, cartón, vidrio y plástico, que son reciclables y por los que se paga su peso en oro, ya sea orgánica o inorgánica.

En ese contexto, la venta de basura tiene la capacidad de generar recursos suficientes para cubrir el costo de su recolección, y además contar con un cuantioso excedente con el que sería posible crear infraestructura y servicios, como sucede en muchas ciudades del mundo. Por eso, el “problema” de la basura es surrealista, pues el DF es una potencia que incluso exporta al mundo vidrio, cartón y aluminio, donde lo de menos es la cerveza con la que se le disfraza, sino lo que la contiene. ¿Adónde va esta riqueza y quién se apodera de ella sin pagar nada, cuando es recolectada con el presupuesto público?

La información imprecisa del Gobierno del DF y la tardanza en la solución generan una idea de improvisación o acuerdos endebles. La crisis de la basura parece una advertencia de otras “crisis” que pueden surgir en los próximos meses del estiaje y la sequía anunciada, donde es posible agravar una escasez deliberada de agua potable proveniente del Cutzamala, promovida desde el Estado de México; o acentuar conflictos entre transportistas que cruzan diariamente las fronteras entre el DF y los municipios conurbados.

El recibimiento de basura en forma “temporal” y su decisión enviada a los cabildos de Ixtapaluca, Tecámac, Cuautitlán Izcalli y Xonacatlán es una amenaza del priismo mexiquense y sus legisladores, pues prefigura un escenario electoralmente redituable para ellos y en contra del gobernante PRD.

En el Distrito Federal no bastó que los congresos y constituyentes de 1857, 1861, 1898 y 1917 mantuviera suspendidos y limitados los derechos del “estado del Valle de México” —mientras aquí tuvieran asiento, los poderes federales. Para los gobernantes del Estado de México, la existencia del DF es una afrenta a sus intereses; es una disputa por el centralismo, de un federalismo no logrado, que ellos consideran de su exclusividad geográfica, económica e histórica, repudiando el régimen de excepción, que consideran que viene por decreto y no por derecho. Este sentimiento anticapitalino tiene pasado, presente y futuro.

Desde la regencia de Carlos Hank González (1976-1982) los mexiquenses del poder político y económico, particularmente los identificados con el grupo Atlacomulco, impusieron la idea de que si ellos controlan el Distrito Federal, todo el Valle de México tiene gobernabilidad y un solo mando. Por ello se opusieron a la creación de la Asamblea de Representantes y todo signo de un gobierno propio en la capital desde antes de 1988; para ello han usado su poder geopolítico de rodear el Distrito Federal y acentuar la vulnerabilidad intrínseca de la capital para resolver el problema de la basura, el transporte de la fuerza laboral, el paso del agua y la salida de los drenajes.

Ya en tiempos de Ignacio Pichardo Pagaza, gobernador del Estado de México durante la presidencia de Carlos Salinas, generaron una guerra permanente contra la capital y los cambios que se desarrollaban aquí en contra de la abierta inclinación de la capital hacia la democratización detonada por el movimiento de 1988 con Cuauhtémoc Cárdenas. La última regencia de Óscar Espinosa Villarreal se le entregó al grupo Atlacomulco a manera de gratificación por su apoyo a Ernesto Zedillo, acelerando el proceso de crisis de un sistema obsoleto que se consumaría en 1997.

Durante estos 15 años el viejo poder regional de los atlacomulcos se replegó pero no renunció a sus pretensiones hegemónicas y siguió presionando a la capital, disputando para negociar, acentuando los problemas y la escasez, que le dan ventaja en las formas de coordinación metropolitana. Como vaticinio, en 1996, pese a que ellos gobernaban el DF, no pudieron detener el crecimiento de la oposición de izquierda, democrática, progresista, que no sólo no disminuyó por el embate salinista, sino que anticipó la derrota priista en los municipios orientales de Nezahualcóyotl, Ecatepec, Texcoco, Chalco y Amecameca. Los triunfos electorales del PRD en esos municipios crearon un nuevo mapa metropolitano, al cual se uniría, en 1997, el nuevo gobernante electo del DF y una nueva visión del Valle de México.

El fondo del bote de basura es político y económico. Recuperar el valor de la basura, no privatizar su destino, es una alternativa a los que se disputan el anacronismo de botarla y convertirla en un mal social y de gobierno.

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@MarcoRascon