El camino de las anacahuitas tristes
La serpiente emplumadaMargarito Cuéllar
El ejercicio físico y mental nunca está de más. Es parte de un hábito, mas que un propósito de Año Nuevo, y no por culto a la imagen sino por respeto al motor que nos mueve.
Después de un receso de meses estoy casi en condiciones de mover el esqueleto al aire libre. El frío me frena un poco. Me recuerda heridas que, aunque hayan cicatrizado, están ahí.
Camino a La Huasteca el paisaje es contradictorio. Escombros y basura. Construcciones nuevas, edificios para subir al cielo, publicidad y aparente confort. Los autos tienen prisa. Los peatones, yo y uno que otro indigente, nos replegamos ante el zumbido agudo de los motores.
No hay lugar para ciclistas ni para peatones. Los autos tienen la palabra. A la entrada del Parque Ecológico La Huasteca un contenedor repleto de basura. Montones de bolsas alrededor esperan que algún servicio de limpia haga su tarea. O que algún candidato prometa cambiar las cosas. La basura lleva semanas ahí, a decir por el mal olor.
Junto a una caseta de vigilancia solitaria y poblada de pintas hay botes repletos de desperdicios y bolsas de plástico a los lados. Una pandilla de perros acecha.
Las pintas se extienden a las rocas. Huella indiscutible de que para los escribas del barrio no hay pared que se resista.
La huella del abandono se advierte en la polvareda de las trocas manejadas por hombres con sombrero y poblado bigote que habitan rancherías adentro.
Una mujer jala una cabra, seguida por una cabrita, hacia el lecho del río Santa Catarina; las lleva a pastar. Su alimento es natural aún. Quizá mañana una cápsula contenga los nutrientes que requieren.
Signos de vida: un caserío de madera y cartón, niños con el polvo pegado al rostro sobre bicicletas destartaladas, hombres con gruesas chamarras comiendo elotes. Un tejabán de lámina anuncia: El Rey de la Chamoyada.
Las anacahuitas, plantas nativas de la región, lucen marchitas bajo una densa capa de polvo. Sus raíces se aferran a una tierra desdeñada por la lluvia. O son sacrificadas por la modernidad. La modernidad aquí se llama fraccionamientos, colegios, altas oficinas cuyo plus es el aire fresco y engañoso de las montañas.
La vista se detiene en el sigilo de un chico araña sobre una de las paredes. Sus movimientos son sigilosos: en el rapeleo un mal paso es mortal. Va a la mitad de su camino. El trayecto cada vez más difícil. Decide bajar.
Vuelvo al zumbido y al escándalo de los autos. Es casi mediodía. Una familia de lugareños recoge envases de vidrio y plástico; hay suficientes a la orilla de la carretera. Los autos tienen prisa. La vida también.
*Escritor








