Acuerdo Comercial entre México y Perú

Argumentos a debateAdriana González

El pasado jueves, el Senado de la República aprobó el Acuerdo de Integración Comercial entre México y Perú. Con visión de Estado y compromiso con el crecimiento económico de nuestro país los Senadores y Senadoras de la República, haciendo a un lado intereses particulares que tenían secuestrada su aprobación, determinamos que en el interés supremo de la Nación está la apertura de nuevos mercados para nuestros exportadores y la generación de nuevas oportunidades de inversión. Desde luego que los méritos económicos del Acuerdo son sumamente relevantes.

Perú es un aliado estratégico con una economía pujante -tan sólo el año pasado creció 9%- que de ninguna manera puede ser considerado una amenaza para la economía nacional. Más aún, las expectativas de crecimiento de las exportaciones mexicanas es que se tripliquen después de cinco años lo cual, según estimaciones de la Secretaría de Economía, terminará generando más de 40 mil empleos, mejores precios para los productores y los consumidores mexicanos así como una derrama económica de enorme importancia para distintos sectores de la actividad económica.

Por si esto fuera poco, la negociación entre los gobiernos de ambos países contempló el establecimiento de medidas domésticas para fortalecer a los sectores potencialmente sensibles -concretamente al agropecuario- a fin de fortalecer sus capacidades productivas y ayudarlos a enfrentar exitosamente la apertura comercial.

Pero hay objetivos de la estrategia comercial de México así como consideraciones de política exterior que hacían aún más imprescindible la aprobación del acuerdo. Me refiero, por un lado, a la diversificación comercial para nuestras exportaciones y, por el otro, al liderazgo de México en la región latinoamericana. Generaciones de diplomáticos mexicanos han venido insistiendo por décadas en la necesidad de diversificar nuestro comercio internacional a fin de reducir la dependencia hacia la economía estadounidense y, en cierta medida, en aumentar el flujo comercial con América Latina, una región que reprocha la concentración de nuestros vínculos económicos en Norteamérica. No habría sido congruente, por lo tanto, rechazar un instrumento que nos permite dar pasos sólidos en ambas direcciones.

Adicionalmente, se habría mermado considerablemente el objetivo de convertir a México en un principal promotor de la integración latinoamericana como herramienta para competir exitosamente en el plano comercial y político frente a otras regiones del mundo. Es el caso, por ejemplo, del liderazgo de México en la Alianza del Pacífico que mantenemos con Perú, Chile, Colombia y Panamá con el objetivo de constituir un bloque comercial con gran proyección hacia la región de Asia Pacífico así como de nuestro activismo a favor del denominado Acuerdo Estratégico Transpacífico de Asociación Económica en el que ambos países tenemos un enorme interés. Por si fuera poco, México y Perú compartimos una historia común que se remonta a la prehispanidad y al desarrollo de las culturas más avanzadas de su tiempo en este continente. Somos herederos de una larga tradición de intercambios que comenzaron a rendir frutos algunos años después de nuestros respectivos procesos de independencia y que hoy se consolidan con una visión de futuro. Quizá no haya mejor manera de honrar lo que pronto serán casi 190 años de relaciones diplomáticas ininterrumpidas entre México y Perú que la entrada en vigor de este Acuerdo basado en la complementariedad de nuestras economías, un sólido compromiso con el bienestar de nuestros pueblos y un modelo de integración con rostro humanista.