El revisionismo de la historia (II)
PlataformaJorge Majfud
Los administradores sólo deberían limitarse a remover algunos monumentos o nombres de calles, después de un consenso basado en investigaciones independientes.
En suma, la narración de la historia está cruzada de intereses religiosos, estéticos, nacionalistas y, sobre todo, políticos. Cuando un grupo religioso en Estados Unidos se escandaliza porque el presidente Obama no menciona suficientemente a Dios en su Discurso de la Unión, su molestia es puramente política, no religiosa. En nada afecta la religión y mucho menos la fe de ninguno de sus miembros. En definitiva, la religión es básicamente una experiencia individual que a lo sumo es compartida voluntariamente por una comunidad específica. Pero cuando esa comunidad pretende trascender los límites de sus miembros voluntarios, automáticamente pasa al campo de la política travestido de religión, es decir, con pretensiones de neutralidad política. Se trata de una lucha por la administración del poder social.
Ahora la presidenta de Argentina ha propuesto una comisión de revisión de historia. Personalmente estoy a favor de todo revisionismo histórico. La historia, cualquier historia, puede y debe ser siempre sujeto de revisión. Siempre pueden surgir datos nuevos, documentos y nuevas teorías que expliquen lo inexplicable o corrijan supersticiones a veces enquistadas en la memoria colectiva. Considero que no hay figuras santas ni sagradas que alguna vez hayan sido seres humanos. Es la tradición la que santifica y mitifica. La misma figura de Cristo ha sido revisada con innumerables interpretaciones por aquellos mismos que lo consideran Hijo de Dios, Mesías o sólo un profeta bíblico de gran importancia. De otra forma no habría tantas sectas cristianas. Ni que hablar del Padre, cuya voluntad ha sido revisada a lo largo de los últimos tres mil años y es revisada cada domingo en diferentes templos y en diferentes canales de televisión al mismo tiempo que se afirma que Dios nunca cambia de opinión. A la revisión religiosa se llama confirmación; a la interpretación, verdad única y absoluta.
Pero el revisionismo histórico debe ser hecho con libertad y por investigadores independientes. En Argentina, por ejemplo, un caso interesante para revisar (muchos ya lo han hecho, pero continúan cabalgando en sus estatuas de bronce) son los del general Roca y del maestro Domingo Sarmiento, que no sólo fue educador y, de no ser por un revisionismo hubiese fosilizado la imagen de Artigas como montonero terrorista, sino que también fue un desclasado profundamente racista, montado a su prestigio y embestido presidente de una gran nación. Los dos fueron presidentes. Uno militar y el otro escritor y educador. Como educador consideraba que los niños eran bestias a domesticar, pero para su época dejó otros legados que ayudaron el progreso de su país y la región. Ambos fueron profundamente racistas aunque la obra del general Roca fue decididamente genocida; quizás este genocidio indígena haya culminado con las armas lo que otros, como Sarmiento, comenzaron con la pluma.
De cualquier forma, no estoy de acuerdo que este proyecto de revisión o revisionismo deba surgir de la esfera política. Los administradores sólo deberían limitarse a remover algunos monumentos o nombres de calles, después de un consenso basado en investigaciones independientes.
En un país democrático no es necesario ni conveniente que un gobierno o un político nombre una comisión, por neutral que parezca, para revisar y reescribir, con un mandato burocrático, hechos que ocurrieron décadas o siglos atrás.
El revisionismo histórico en sí es, principalmente, tarea de historiadores independientes, desde la academia hasta el periodismo, incluyendo a los aficionados a la materia. Estos profesionales y aficionados normalmente son independientes de cualquier mandato político; en el peor de los casos, se juegan su prestigio profesional en busca de una verdad y no intereses o emociones político partidarias.
En las sociedades libres, el revisionismo de la historia no se prohíbe pero tampoco se impone. Los críticos y los investigadores no necesitan la luz de un gobernador para saber lo que deben hacer. Este caudillismo intelectual en el Occidente moderno se arrastra desde el siglo XV, cuando los nobles encargaban a los escribas, graciosamente llamados “cronistas reales”, fijar libremente la historia. De acuerdo, gracias a muchos de ellos, como en el caso del monumental proyecto encargado por Alfonso X, Estoria de España y la Grande e general estoria, conocemos una parte de la historia hispánica de la Edad Media. De cualquier forma, se trató de una selección y de ciertas correcciones, por lo cual no se puede afirmar que conocemos los hechos como ocurrieron sino como el rey Alfonso y algunos cristianos en guerra con los moros querían que sean conocidos por su tiempo y los siglos que les sucedieron. Los “historiadores” de Alfonso acusaron a los anteriores de lo que harían ellos mismos en sus libros: en tiempos de Theodisto, políglota griego, “no se encontraba en toda España un hombre malo ni descreído”, pero Theodisto tenía maneras amables y corazón de lobo: sacó las cosas “verdaderas” de los libros y puso las “falsas” haciendo traducir del griego al árabe libros de ciencia (278). Mientras, a cada paso los escribas de Alfonso revelaban sus propios criterios para seleccionar los hechos pasados (“non fallamos ninguna cosa que de contar sea que a la estoria pertenezca, 282, etc.)
En América, como dicen algunos detractores del padre Bartolomé de las Casas, fue gracias a Fray Diego de Landa, quien en el siglo XVI transcribió al castellano las historias de los nativos, que hoy conocemos gran parte de la historia maya. Es decir, de lo que quedó de la historia maya luego que Landa quemara casi todos sus libros originales y nos legara amablemente su versión de aquella extraña y diabólica cultura llena de “mezquitas”. No le faltaban motivaciones políticas y religiosas, y así se perdió gran parte de la historia.
La moraleja es demasiado obvia: si queremos la verdad histórica o algo que se le aproxime, dejemos que investigadores independientes, sin motivaciones sectarias, se ocupen de su materia. Lo mejor que pueden hacer los religiosos es comprender que la religión más allá de sus propios límites es política, y de las más peligrosas. Lo mejor que pueden hacer los políticos interesados en la verdad es promover la libertad y la independencia de los investigadores. Claro, la verdad no es siempre agradable ni conveniente. Por eso siempre se hay historias mejores.








