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Regias lecciones a Guadalajara

Luis Petersen Farah

Guadalajara se hundió en el azoro. No es para menos el asesinato de 26 jóvenes, casi todos por asfixia, ni su entrega en camionetas ante los ojos del mundo, justo entre los Panamericanos y la FIL. La violencia exhibicionista no había llegado. Ahora está ahí y la ciudad se llenó de preguntas.

No es que los tapatíos estén acostumbrados a la vida segura. No. Cualquiera sabe que en Guadalajara hay robos, asaltos, ejecuciones. Nunca ha sido un paraíso en ese sentido. Hace 20 años era lo contrario. Luego llegó una etapa de relativa estabilidad, pero desde 2008 la cifra de homicidios en Jalisco ha venido subiendo: de 463 en ese año, pasó a 888 en 2010, y este año llegará a los mil.

Nuevo León, con una población estatal bastante menor, todavía está muy arriba de eso con sus mil 500 homicidios en 2011. Todavía, digo, porque hay dos explicaciones básicas ante lo que hallaron cerca de la Expo Guadalajara. La primera ve estos hechos como algo relativamente aislado, una venganza de lo que sucedió en Veracruz. La segunda los ve como un signo más de la llegada de la guerra de cárteles, que en algún tiempo había evadido Guadalajara: ahora cualquiera que entre al mundo del narcomenudeo será parte de un grupo criminal diversificado y enemigo a muerte de los otros grupos. En el momento que hay disputa territorial, los jóvenes saben que se meten a morir.

Hay, pues, una versión optimista y una pesimista. Quienes han estado al frente de las instituciones en Monterrey tienen ahora bien claro que el gran error en esa ciudad fue su incapacidad de ver a tiempo lo que se acercaba, en parte por arrogancia y en parte por simple ingenuidad. No estábamos preparados, insisten; pensábamos que no había disputa por la plaza y, si la había, no entendíamos qué significaba. Y cuando la violencia llega es ya demasiado tarde. Todas las instituciones quedan rebasadas: las de seguridad aparecen infiltradas de repente, las de inteligencia no tienen idea de lo que pasa, las de justicia no son capaces de castigar el delito y no cuentan con la confianza ciudadana ni siquiera para la denuncia más elemental, y las de solidaridad social no ven que la falta de oportunidades es real y masiva, al grado que los jóvenes sienten que de cualquier manera no tienen futuro. Y si lo tienen, es más lento que la vida. Rehacer todo esto está en chino, así lo ha vivido Monterrey. Son regias lecciones.