Candidatos Muertos en Pachuca
Las posibilidades del odioJuan Carlos Hidalgo
No hay que porque alarmarse, no se trata de que esta columna de cuenta de políticos defenestrados por algún grupo delincuencial; estamos solamente en una réplica de las estrategias del periodismo sensacionalista para atraer miradas hacia este texto ya que hay una razón de peso para requerir atención extra.
Como usted bien sabe la Feria Internacional del Libro de Guadalajara es el máximo evento en Hispanoamérica en la materia. Con mucha razón se dice que en su programación se encuentra lo mejor de lo mejor de la literatura que se escribe en español. Le cuento que tendremos la fortuna de que uno de los escritores que participarán en la edición del 25 aniversario pase por Pachuca antes de asistir a tan magno evento.
El martes 22 de noviembre a las 19:00 el colombiano Juan Álvarez presentará la novela Candidatos Muertos (No record), editada por Alfaguara. Nos referimos a un escritor muy joven (nació en 1978) al que la FIL incluyó en el recuento de Los 25 secretos mejor guardados de América Latina en materia de literatura. Un importante reconocimiento para el también autor de Falsas alarmas (Premio Nacional de Cuento Ciudad de Bogotá).
El libro es una recreación de la historia del rock colombiano durante la segunda mitad de los noventa. Los Candidatos Muertos es el nombre del efímero grupo cuya conformación es el hilo conductor de la historia. A continuación les ofrecemos una conversación exclusiva con un escritor verdaderamente talentoso. Reiteramos la invitación para que asista a este evento gratuito que se llevará a cabo en la Fundación Arturo Herrera Cabañas (Allende 113, en el centro histórico de Pachuca).
Mencionemos a Nick Hornby, Rodrigo Fresán, Irvine Welsh, Kiko Amat; no es tan abundante el grupo de escritores vinculados al rock, ¿qué tan cercano te sientes con esta especie de cofradía?
Honestamente, muy poco. Tan poco (o tanto), por ejemplo, como me siento cercano a los filósofos franceses que hoy se leen en la academia norteamericana. He hecho algunas de esas lecturas roqueras convencionales, pero de manera dispersa y ni siquiera como preparación o investigación puntual para la novela. Para no ir más lejos, es la primera vez que escucho el nombre de Kiko Amat. Suena, eso sí, como alguien a quien me interesaría leer.
Sucede también que en realidad nunca quise escribir sobre rock, no puntualmente. Lo que me interesaba era escribir sobre el oficio de hacer música, sin géneros. Luego los géneros tuvieron que entrar porque habría sonado falso no hacerlo, dado que forman parte de la operación de comunicación con que se negocia en la industria, pero tengo serias dudas respecto al uso verdadero que hacen de esos sustantivos los músicos en sus cabezas. Y con eso algo traté de jugar en la novela, donde a veces se difumina el tipo de música que supuestamente hace esa banda fantasma de C. M. (candidatos muertos).
Por lo planteado en el libro, el rock colombiano experimentó un marcado conflicto entre clases sociales, ¿esto sigue siendo así o ha cambiado la convivencia?
¿En México no? ¿No cabe distinguir acá bandas fresas y bandas punk de barrio y los pedos que eventualmente se armaron? Supongo que ese conflicto de clases en alguna medida cruzó la experiencia de hacer música en Colombia en los noventas, sin duda. Todavía lo hace, así no sea el único factor en juego. Ahora, al mismo tiempo, la aparición de una política pública como la implicada en Rock al Parque, el festival recreado como eco en la novela, fue justamente una manera de dar cuenta de ese conflicto, de pronto no para sanarlo (así se hablara, justamente, en los jingles de publicidad del festival, de “extrema convivencia”), pero sí, insisto, para dar cuenta de él, para hacerlo parte del vocabulario de la ciudad. Y eso no es poco.
Esto nos lleva a pensar en los rockeros como una especia de militantes románticos; hace tiempo todavía se daba un convencimiento por una ética y una estética, hoy día todo es mucho más subjetivo –rockeros conviven con poperos y gente electrosa-, ¿cómo se expresa esa ideología, esa toma de postura, en la novela?
Sí, parece que a eso es a lo que se refieren hoy cuando dicen que el rock ha muerto, ¿verdad? El rollo es que yo me pregunto qué tan cercano fue todo eso, realmente, a los músicos como ejército de trabajadores normales. Ha habido actitudes y las seguirá habiendo, sobre todo en los vocalistas, porque esas actitudes tienen que ver con esa energía que debe convertirse en magnetismo hipnotizador allá arriba en la tarima, para halar el espectáculo y el talante del espectador, que no es nada fácil. ¿Pero sí ve?, cuando pienso en esto, de pronto porque fue de lo que me convencí de tanto entrevistar músicos cansados de que les hablaran de géneros y militancias (considerando que para ejercer la profesión la mayoría de ellos ha tenido (o tuvo) que tocar lo que vaya saliendo, desde trompeta mariachi hasta trompeta de cámara (si es que existe la trompeta de cámara, que ahora lo dudo); cuando pienso en esto, decía, la lógica de la discusión se me escurre hacia los rigores del show, hacia lo que es necesario, independiente del género o las militancias románticas, para divertir al escucha. Y punto.
De pronto la militancia romántica rockera no fue de los músicos. Fue una proyección nuestra de los espectadores. Así, claro, en un lado y otro hubiera habido heroinómanos consumados. Igual que en los albores del jazz.








