Cárdenas, con letras de oro
Rosario Robles
Con la mira puesta en el país, con su innegable autoridad moral, Cuauhtémoc Cárdenas no tuvo empacho en señalar que la situación actual es ya insostenible e inadmisible.
Ilustración: Luis Miguel Morales
Las vueltas que da la historia. La ceremonia solemne en la que recibió Cuauhtémoc Cárdenas la medalla Belisario Domínguez estuvo llena de simbolismos. El tres veces candidato presidencial, el líder que convocó a los mexicanos a hacer realidad el sufragio efectivo, el que contribuyó de manera significativa a enterrar el viejo régimen, el que formó un partido para darle un cauce pacífico a la rebelión ciudadana, el primer gobernante electo de la Ciudad de México, el patriota que no vaciló en denunciar arbitrariedades e injusticias, estaba franqueado, vaya paradoja, por el presidente del Senado y el de la República, ambos surgidos de las filas del partido que surgió para combatir al general/presidente, padre del hoy laureado. Los herederos del partido que nació para oponerse al cardenismo fueron los encargados de entregar la medalla (a nombre del Senado) al otro Cárdenas, al que en los últimos 30 años se ha empeñado en reencauzar la vida nacional por los derroteros de una democracia con apellidos, que no se restringe al voto, y que sólo puede sustentarse en los sólidos cimientos de la igualdad, de la libertad, de la dignidad, del ejercicio pleno de todos los derechos. No se necesita mucho fundamento para entender las razones del reconocimiento. Basta con leer las que se establecen en el decreto de creación del galardón: “Premiar a los hombres y mujeres mexicanos que se hayan distinguido por su ciencia o su virtud en grado eminente, como servidores de nuestra Patria o la Humanidad”.
El otrora jefe de Gobierno estuvo (como siempre) a la altura del momento. Con la mira puesta en el país, con su innegable autoridad moral, no tuvo empacho en señalar que la situación actual es ya insostenible e inadmisible y que no puede ser el camino trazado hasta ahora por el que se deba continuar, pues no ha dado resultados. El Cárdenas que recibió la medalla no estuvo ahí como el líder moral de un partido que cada día se aleja más de los postulados que le dieron origen, sino como el mexicano que puede convocar a todos los políticos a tomar en sus manos un proyecto común y buscar los puntos de encuentro para construir un gran acuerdo nacional, independientemente de quién gane las elecciones. ¿Por qué no se abre un diálogo para identificar coincidencias respecto a lo que debe hacerse hacia adelante? ¿Por qué no pensar que esas propuestas alcancen el respaldo de mayorías ciudadanas y que pueden establecerse un compromiso común de partidos y candidatos?, inquirió de cara a los senadores de todos los colores. Cuauhtémoc Cárdenas sabe que, en el momento y en la condición actual del país, no es suficiente con ganar una elección si no se construyen acuerdos, si no se conforma un proyecto nacional que surja del diálogo, de la reconciliación, de la plataforma común que significa el hecho de que todos somos mexicanos y, sobre todo, poniendo en el centro a la gente, de manera fundamental a quienes viven en condiciones de desigualdad, atraso, pobreza y que, en México, son decenas de millones. Conocedor como lo es de la Constitución y del Ejército, llamó a que se retire a esta institución de la lucha contra el crimen organizado, no por un capricho, sino porque constituye el cuerpo que resguarda y garantiza la integridad de la nación, por lo que no debe seguir expuesto a riesgos por realizar una función que no le corresponde. La frase sonó fuerte por contundente: en un régimen democrático, la seguridad y la justicia son asuntos de la autoridad civil. No de la militar. Lejos de entender el planteamiento, Felipe Calderón respondió más tarde con su característica obstinación. Las fuerzas armadas seguirán en la calle hasta que sea necesario, señaló quien no ha sido capaz de articular una estrategia diferente y que ve como única salida la militarización de la seguridad pública. Para nada le importa que dicha visión de contención no se haya acompañado con la construcción no sólo de cuerpos policiacos y jueces confiables, sino de una política pública que atienda las causas que han generado tanta descomposición y deterioro del enramado social. No comprendió (no puede) lo que dijo Cárdenas: que “éste no puede ser el destino fatal de la patria”. Simplemente no.








