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Literatura femenina y literatura feminista (I)

PlataformaJorge Majfud

La expresión sí suele indicar, por acumulación de evidencias, una disminución de las expectativas de la literatura. Si Isabel Allende no lo piensa, lo siente; e inconscientemente lo prueba cada vez que sale de su claustro californiano y hace declaraciones a la prensa.

Isabel Allende estuvo en Uruguay para promover su última novela. Una vez más fue presentada como “la autora que vende millones de libros” y una vez más demostró que hay algo que le importa mucho, aunque diga precisamente lo contrario.

En varias ocasiones ha criticado a los críticos, a los que llama “hombres de barba”, a pesar que existe una lista considerable de críticas mujeres que han sido mucho más impiadosas con ella (bastaría con recordar a la gran escritora mexicana, Elena Poniatowska: “Isabel Allende, Ángeles Mastretta o Laura Esquivel entran en la literatura como fenómenos comerciales y hacen “literatura femenina”).

Para rechazar la calificación de “literatura femenina”, Allende ha formulado una regla según la cual “todo adjetivo disminuye la literatura”. Hablar de literatura femenina sería como hablar de literatura afroamericana.

Sin embargo, cuando hablamos de “literatura griega”, “literatura latinoamericana”, “literatura posmoderna”, “literatura comprometida” o “literatura judía” no necesariamente estamos disminuyendo la literatura, ya que no podemos probar que exista una Literatura en lugar de Las literaturas.

Desde muchos aspectos, la expresión “literatura femenina” sí suele indicar, por acumulación de evidencias, una disminución de las expectativas de la literatura. Si Isabel Allende no lo piensa, lo siente; e inconscientemente lo prueba cada vez que sale de su claustro californiano y hace declaraciones a la prensa.

No voy a etiquetar su obra como “literatura femenina”. Creo que es algo más que eso. Tal vez si sólo hubiese publicado La casa de los espíritus y Paula hubiese sido mejor escritora.

Pero la llamada literatura femenina existe y es todo lo opuesto a la literatura feminista. Para un crítico humanista, por ejemplo, el adjetivo “feminista” no disminuye el valor de una literatura particular; trasciende sus propias definiciones.

El adjetivo “problemática” tampoco disminuye al sustantivo “literatura” como sí lo hace el adjetivo “fácil”. Si bien el mercado editorial (que no se diferencia en nada del mercado de jabones) ha establecido que la primera condición y el primer requisito de cualquier literatura debe ser una “lectura fácil”, este canon nunca rigió las grandes obras. También la crónica sobre la boda real del príncipe de Inglaterra es una lectura fácil, divierte y entretiene, pero no ese tipo de literatura la que tenemos en mente cuando hablamos de la gran literatura. Ese es un requisito del mercado; no del arte.

Cervantes fue uno de esos raros casos de un gran escritor que tuvo éxito de ventas en su tiempo. También lo fue Lope de Vega. Pero Cervantes no es grande por el éxito de ventas de El Quijote sino por haber resistido y trascendido los tiempos, entre otras cosas. Obviamente, se echa al olvido los cientos de otros escritores exitosos en su época que cayeron en el olvido o se los recuerda hoy porque pasaron a ser una anécdota histórica y sociológica. Hernán Cortes, por ejemplo, fue un best seller en su época, y la historia no lo recuerda por sus virtudes literarias sino por su heroísmo militar o por sus monstruosidades genocidas.

También Corín Tellado fue un éxito casi infinito en el mercado editorial de la lengua española y ha pasado a la historia de la literatura por estas mismas razones y no por haber sido una gran escritora. Es decir, no por haber aportado algo a la historia de la literatura o haber buceado en las profundidades de la sensibilidad humana sino, quizás, todo lo contrario. Su literatura, como el cine más comercial, es la confirmación de estereotipos que encapsulan al ser humano, lo simplifican y lo lanzan de nuevo a la sociedad como productos funcionales a los mismos valores de la misma.

Sí, también hay una literatura compleja, problemática y sofisticada, como hay lectores complejos, problemáticos y sofisticados. También hay una “ciencia popular” y hay una ciencia que podríamos llamar “elitista”. La palabra es odiosa, más aun para un humanista. Uno de los principios y practicas del Humanismo desde la Edad Media ha sido la popularización de la cultura, la democratización del conocimiento y el interés por las manifestaciones populares; paradójicamente, desde comienzos del Renacimiento los humanistas han sido, en cierta forma, grupos elitistas que han cambiado el mundo yendo contra todas las fuerzas establecidas de tradiciones centenarias y de instituciones omnipresentes, como hoy lo es el mercado.