El rostro de la intolerancia (primera parte)

AcentosEpigmenio Ibarra

Cuando se miran de frente
los vertiginosos ojos claros de la
muerte, se dicen las verdades:
las bárbaras, terribles, dolorosas
crueldades.

Gabriel Celaya

Pero no siempre es así; también la muerte miente, corrompe, trastorna. Sobre todo cuando se produce impune y a mansalva; cuando se convierte en instrumento de unos y otros. Cuando se vuelve ejemplar; didáctica; necesaria y se presenta falsamente como justiciera. Cuando se logra que la gente por ella clame; a ella aspire; sólo en ella encuentre un bálsamo.

Se descompone México. Tantas decenas de miles de muertes impunes detonan ese primitivo instinto de sumisión ante quien promete “mano dura”, ante ese que no se arredra ante la muerte de otros, el que la justifica, mintiendo porque la muerte se reproduce como los conejos, y la considera un trámite necesario para la pacificación del país.

Pero la muerte no pacifica; al contrario. La muerte alimenta a los ejércitos que para ella existen, por ella crecen. Convierte a las bandas de criminales en combatientes y a los combatientes uniformados los corrompe. Más que sustituir a la ley se vuelve ella la única ley; el método; la forma de vida.

Al que ha matado con tanto salvajismo como lo hacen los sicarios y narcotraficantes en México, al que ha perpetrado masacres, al que decapita a decenas, a centenares de personas, cuando no se le mata sin más trámite, se le cede —dudoso trofeo de guerra— la tribuna de los medios.

Tenemos entonces a asesinos que cumplen una doble y terrible función: exhibiendo sus crímenes alientan, por un lado, a los suyos a seguir cometiéndolos y a superarlos en crueldad y barbarie. Por otro lado sirven, estos criminales, al poder que necesita también exhibir y utilizar su brutalidad para hacer, así, que salga a la superficie esa segunda piel del ser humano: el miedo.

Cada spot que da cuenta de un capo capturado despierta entre sus seguidores la sed de venganza. Cada capo al que, con enorme irresponsabilidad de autoridades y medios, se le abre el micrófono gira instrucciones para incrementar la violencia. No sólo miedo genera la propaganda, no sólo intolerancia; también muerte.

Coinciden en eso, terrible paradoja, gobierno y criminales. Ambos necesitan el miedo; ambos la muerte como ejemplo. Usa los medios el gobierno para promoverlo, disfrazado de victorias que la gente sabe que no lo son del todo, pregonando, con capturas y muertes, sus logros. Usan los criminales los ataques cada vez más frecuentes a centros de reunión y escuelas, las masacres, la decapitaciones masivas para provocar su contagio.

Sirviente por excelencia del poder autoritario el miedo generalizado, resultado de esta espiral de violencia incontenible, extiende patente de corso a la muerte. Instalado ya entre nosotros hace que, sectores cada vez más amplios de la población, sólo desean librarse, a cualquier costo, de esas “bestias” y extiendan un cheque en blanco a quien plantea la guerra, como el único camino.

Desde el poder, por otro lado y de manera sistemática, se alimenta la intolerancia con estridentes llamados a la “unidad nacional”; una unidad que segrega a los “buenos” y les enseña a odiar para definirse y amalgamarse.

Una “unidad nacional” que confina entre los “malos”, del mismo lado de los criminales, en el mismo saco, a quien osa plantear que no es la guerra, que no es la muerte, la solución al narcotráfico y sus terribles secuelas.

Viejo truco de los regímenes autoritarios, la “unidad nacional” promueve el odio y la discordia; incita al linchamiento de quien habla, piensa, se ve distinto. Esa “unidad”, en torno a una figura, un proyecto político, una doctrina polariza y quita el sentido, el valor a la palabra. Hace que prevalezca el odio y sus aliados incondicionales el dogma y la consigna.

Cuestión de fe se torna la estrategia y no de argumentos y razones. Más que defenderla el poder lanza anatemas, excomulga, condena a la hoguera a quien se atreve a alzar la voz o peor todavía, en tiempos de inquisición mediática, al descrédito o —siendo igual de eficaces— sólo al ostracismo y al silencio.

“Cruzada”, “guerra santa” se vuelve el combate al crimen organizado. “Doctrina sagrada” el cuerpo de principios que rige la acción militar; dogma las estrategias; ritual religioso la táctica. Enviado de la divinidad —y por tanto incuestionable— resulta entonces quien en la silla presidencial ha determinado la guerra y ha soltado un “se matan entre ellos” como sumaria explicación de tantos asesinatos.

Pero la violencia y la muerte tienen un solo rostro: el de la intolerancia.

De eso escribiré la próxima semana.

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