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Bombas contra los científicos

La ciencia por gustoMartín Bonfil Olivera

El 22 de julio el mundo se enteró de que un fundamentalista de ultraderecha noruego había puesto una bomba en Oslo y balaceado a cientos de jóvenes en la isla de Utoya.

Pero no sólo los fanáticos religiosos son capaces de este tipo de barbaridades. La información científica, distorsionada y mezclada con teorías conspiranoicas, puede llevar al mismo resultado.

El 8 de agosto el nanotecnólogo mexicano Armando Herrera Corral recibió un paquete bomba en su oficina del Tec de Monterrey, campus Estado de México, que lo hirió a él y a su colega Alejandro Aceves López. Al día siguiente, el grupo radical Individualidades tendiendo a lo salvaje reivindicó el atentado, argumentando que “la mayoría de lxs cientificxs (sic) basan sus investigaciones en sus retorcidas necesidades psicológicas”, y que “la aberrante fusión de la nanotecnología, la inteligencia artificial, la electrónica molecular y la robótica” llevará a “la creación de nanociborgs que se puedan autorreplicar sin la intermediación del ser humano (sic)”, lo cual conducirá a “la autodestrucción humana”.

El lema “La Naturaleza es el bien, la Civilización es el mal…”, junto con las numerosas referencias científicas y la mención de nanotecnólogos famosos —incluyendo amenazas a expertos mexicanos de diversas instituciones privadas y académicas—, muestran que se trata del mismo tipo de pensamiento obsesivo de tantos fanáticos extremistas. Una amenaza real.

La idea de la nanotecnología como amenaza apocalíptica ha sido sustentada por grupos anticiencia como ETC (Acción sobre Erosión, Tecnología y Concentración) y retomada por personajes como el príncipe Carlos de Inglaterra o el escritor de ciencia ficción Michael Crichton.

¿Hay algo de cierto en sus advertencias? No. De hecho, la nanotecnología ha sido más bien una decepción: sus promesas de nanomáquinas que podrían revolucionar la industria y curar enfermedades ni siquiera se acercan a cumplirse.

Pero el fanatismo y la violencia no necesitan justificación. Por eso, la difusión de la verdadera cultura científica y el pensamiento crítico se vuelve hoy más que nunca prioritaria en toda sociedad democrática. Por si alguien lo dudaba.

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