Calderón, los jueces y los obispos

En PrivadoJoaquín López-Dóriga

¿Soy yo, o la gente se está poniendo
más joven?
Florestán

Nadie puede acusar a Felipe Calderón de no ser un católico practicante, ni como abogado, de desconocer el peso e influencia del Poder Judicial.

Pero tampoco nadie puede poner las manos en el fuego por ciertos obispos y por ciertos jueces o magistrados.

Por eso es que recojo, de su memorable intervención en la reunión del Diálogo de Chapultepec, el pasado 23 de junio, con representantes de la sociedad civil víctimas de la violencia aglutinadas por el poeta Javier Sicilia, sus expresiones, dudas y hasta rechazo, por ciertas integrantes de las jerarquías judicial y episcopal.

El tema surgió cuando Sicilia planteó el caso de Jorge Hank Rhon como un ejemplo acabado de impunidad, con apoyo de jueces y de obispos.

Primero se refirió a lo que llamó corrupción y encubrimiento de funcionarios.

El presidente Calderón dijo: se presentan las pruebas a la juez y los dictámenes periciales, y no sólo eso, otro de los testigos dice haber participado en un homicidio de otra persona, y la juez concluye que como no está demostrada la flagrancia, ni los rifles tienen valor probatorio, ni lo casquillos, ni las periciales ni nada.

En otra reunión diría públicamente que sabe que hay jueces que reciben dinero pero que es necesario probarlo, lo que llevó al presidente de la Corte, Juan Silva Meza, a decirle, en un tercer encuentro, que cualquier caso de corrupción que supiera, lo hiciera del conocimiento del Consejo de la Judicatura.

Por lo que toca a la jerarquía católica, el presidente Calderón, aquella tarde del jueves 23 del mes pasado, dijo que su actitud en el caso Hank Rhon, le evocaban la frase sepulcros blanqueados y raza de víboras.

Nunca un presidente de la República, ni los más liberales o ateos o anticlericales, se había atrevido a referirse en estos términos a algunos obispos que nos ponen a ciertos personajes como modelo de santidad, refiriéndose a las piadosas cartas de tres obispos, Onésimo Cepeda, de Ecatepec, que, apenado, pone a Hank Rhon de ejemplo como generoso hombre de ley; Rafael Romo Muñoz, de Tijuana, quien, apesadumbrado y extrañado, atestigua su vocación de servicio, y de José Isidro Guerrero Macías, de Mexicali, quien, atribulado, reza por él para que pueda seguir adelante con sus sueños y proyectos.

Son éstos, los hombres del César, los que su reino es de este mundo y que a pesar de su ostentación y oda al poder no alcanzar a apagar el quehacer de buenos sacerdotes entregados al consuelo de los pobres, de los enfermos y de su Iglesia.

En ambos reproches, a los malos jueces y a los malos curas, Felipe Calderón no está solo, coincidimos en ese juicio millones de mexicanos que tenemos, al menos, una historia que contar de sepulcros blanqueados y raza de víboras.

Por vacaciones, nos vemos, pero en privado, el martes 16 de agosto.