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La final de “Pequeños gigantes”

El pozo de los deseos reprimidosÁlvaro Cueva

La final de “Pequeños gigantes” fue lo mejor que nos pudo haber pasado para reflexionar lo que está sucediendo con la industria de la televisión mexicana y con nosotros como sociedad.

¿Por qué? Porque aquello fue un cañonazo indiscutible. Usted lo vio: fueron tres horas, no de talento, de menciones comerciales. Y si no era la golosina era el supermercado, y si no eran las casas de interés social eran los discos, y si no las telenovelas, las paletas, las gomitas.

No me quiero ni imaginar la cantidad de millones de dólares que le entraron a Televisa nada más por ese capítulo ni los altísimos niveles de audiencia que seguramente acumuló por esa emisión.

La final de ese festival artístico infantil fue un acontecimiento tan grande que 24 horas después todavía seguía siendo uno de los temas más comentados en las redes sociales de México y el mundo.

¿Qué quiere decir esto? Nos guste o no, que sus responsables le dieron al blanco creando un programa de televisión que llegó a donde tenía que llegar e inventando un negocio monumental.

Esto, que se dice fácil, es como hacerles una fiesta, regalarles varios bonos y firmarles más festivales como éste, o como los que ellos quieran, para los próximos años.

Y es que aquí no estamos hablando de un formato que Televisa le compró a Holanda, que le copió a los ingleses o que le intercambió a los españoles.

“Pequeños gigantes” es una idea original, una aportación de México para el mundo.

El problema es que no se trata precisamente de una aportación positiva. Este carnaval es el retrato más pavoroso de lo que somos, de lo bajo que hemos caído como sociedad y del inmundo futuro que nos espera.

Aquí no estamos hablando de un “reality” de gordos, de gente que se enamora, de chavos que cantan o de personas que bailan y ya, estamos hablando de un concepto que, por sus características, marcó a toda una generación.

Y yo quiero saber qué va a pasar con todos los niños que participaron y que lo vieron dentro de 15 o 25 años porque, a diferencia de todo lo que se hizo anteriormente, “Pequeños gigantes” les dijo qué hacer para llamar la atención, para triunfar y para ascender socialmente.

Esto es delicadísimo porque por mucho menos de la quinta parte de lo que usted y yo observamos en este proyecto, otros festivales similares de naciones como Filipinas fueron cancelados.

En el caso de México, no. Aquí no sólo no lo cancelamos, lo festejamos, lo defendimos, lo apoyamos y lo hicimos cada vez más grande.

¿Ahora entiende por qué nuestro pobre país es potencia mundial en pederastia? ¿Ya le quedó claro por qué aquí, como en pocos lugares del mundo, los derechos de los niños son un gravísimo problema?

“Pequeños gigantes” exhibió a esos niños como animales de circo, los puso a decir estupideces para hacer reír a los adultos, los animó a cantar, a bailar y a actuar temas inadecuados, los bautizó con nombres perversos (“Los irresistibles”), jugó con sus sentimientos, los transformó en unas criaturas grotescas y los explotó hasta que se cansó.

¿Y las autoridades? Bien, gracias. ¿Y los anunciantes? También. ¿Y el público? Mejor todavía.

Esto tiene que ser un tema de reflexión que debe ir más allá de los calificativos porque si así somos es porque algo muy fuerte nos debe de estar pasando y porque si esto es lo que defendemos, ¿con qué cara exigimos seguridad, educación, democracia y muchas otras cosas más?

No discuto ni el éxito de “Pequeños gigantes”, ni la sofisticación de su producción ni el talento de sus participantes, discuto que a nuestros niños se les mande un mensaje de humillación como sinónimo de progreso y que se atente contra su más elemental dignidad humana.

Discuto que el gran gancho de ese último capítulo no haya sido el talento de los finalistas sino los problemas legales de su conductora.

Discuto que se celebre que los niños hablen mal y que no puedan responder a preguntas básicas de su nivel escolar, que se les aplauda cuando hagan afirmaciones homofóbicas y que les dé, como premio, la posibilidad de cantar al lado de una estrella que estuvo involucrada en los más terribles escándalos sexuales.

Discuto que nadie discuta otra cosa que no sea: “hablas mal porque te da envidia”, “criticas porque no trabajas en Televisa” o “qué niños tan más chistosos”.

Discuto que a nadie le preocupe si a estos niños sí se les va a cumplir con los premios prometidos o se les va a dejar flotando en la inmensidad de la nada como a tanta gente que ha participado en esta clase de programas y que después de mucho tiempo resulta que ni grabaron el disco que les prometieron, ni se les pagó lo acordado ni nada de nada.

Qué bueno que ya terminó “Pequeños gigantes”. Ahora sí vamos a poder reflexionar sobre lo que nos sucedió aquí como industria y como sociedad. ¿Qué fue? ¿Usted está de acuerdo? ¿No? ¿Sí? ¿Por qué?