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Mujeres, política y medios de comunicación: tendencia androcéntrica

Este género aún está ausente de investigación, sigue mostrando que están infra representadas, y cuando se les considera, las describen a través de una gama reducida de papeles estereotipados”.

Aunque este señalamiento fue hecho hace más de diez años por la periodista Bettina Peters ante la UNESCO, lo traigo a colación porque en la actualidad encuentra amplia vigencia: los medios de comunicación, al igual que las instituciones, lejos de promover una conciencia sobre la participación política de las mujeres, a lo que la visibilización de su ciudadanía tiende es a la reproducción de estereotipos sexistas. Para muestra, otro botón:

Los datos globales nos señalan que, en el mundo, la representación de las mujeres en la prensa, la radio y la televisión durante el año 2000, como fuente primera de consulta e información, fue tan solo de 18 por ciento en comparación con el 82 por ciento de los protagonistas, que fueron hombres. En esta línea, los medios de comunicación en el mundo, no promueven a figuras femeninas empoderadas con capacidad de transformar los espacios y las acciones (WACC, 2000).

La representación de género en los medios se asocia a las relaciones de dominación y subordinación que privan en la sociedad: mientras que a los hombres se les representa en su carácter de deportistas, políticos y empresarios, a las mujeres se les representa mayoritariamente en el de vox populi y en el de estudiantes, al tiempo que se las asocia a la falta de estatus y de poder (López, 2002).

En el caso de las mujeres políticas, la investigación feminista se ha encargado de documentar desde los años 70 y hasta el día de hoy la forma en la cual la televisión, la radio y la prensa las visibilizan. Es así que de lo que podemos dominar como una comunicación política androcéntrica sabemos que:

1. Una de las imágenes más recurrentes en los medios y la publicidad política, es la que asocia a las mujeres al espacio doméstico (como madres y esposas) y a los hombres al público, como agentes de la acción política y social. De ahí que la diferenciación entre temas soft y hard -dos conceptos muy comunes en la comunicación política- responda al binarismo que asocia a las mujeres políticas o a las candidatas a temas como la familia, el bienestar social, la salud y las relaciones humanas, y difícilmente a áreas como la economía, la política, la ciencia y la tecnología, que son del dominio masculino.

2. Cuando en los medios se narra la semblanza de una candidata, comúnmente se hace alusión a su situación marital. De esta manera, el poder de las mujeres políticas suele ser asociado a su identidad de género, y es utilizado a veces como estrategia para cuestionar su viabilidad política, mientras que en el caso de los hombres, poder y masculinidad no son siquiera mencionados en el análisis.

3. En el análisis sobre el trabajo y las acciones de las mujeres políticas, los medios de comunicación incluyen la crítica sobre cuestiones como la ropa que visten, el corte de cabello y hasta del maquillaje, lo que no sucede en el caso de los hombres, sobre quienes se enfatiza su trayectoria y experiencia política.

4. La publicidad política negativa es empleada más por candidatos que por candidatas. La actitud de ellas, es asociada a características como la compasión, la cooperación y la honestidad, alejadas del conflicto y el enfrentamiento. La de ellos, a la agresividad, la firmeza y la racionalidad... y cuando una mujer entra en el terreno del enfrentamiento, no tiene el mismo impacto ni costo político de cuando se trata de un hombre, pues a ella le puede costar incluso la candidatura o la carrera política.

5. El empleo de herramientas en los spots para apelar a las emociones de los televidentes y radioescuchas, y posibles votantes, es utilizado con mayor libertad (y relajación) por los políticos. Así, recursos como el llanto, son asociados en el caso de los hombres a una muestra de sensibilidad y calidad humana, sin que ello ponga en entredicho su firmeza, mientras que en el caso de las mujeres, se le utiliza como un argumento para evidenciar su debilidad.

Estos datos muestran que los esquemas de género que dominan en la sociedad y en la política, dominan también en las rutinas de producción y en los contenidos de la prensa, la radio y la televisión.

¿Cómo se proyecta este proceso en nuestro país, hace no mucho tiempo incorporado al mercado de la comunicación política?

LA IMAGEN DE LAS FIGURAS POLÍTICAS FEMENINAS EN MÉXICO

Con pequeños matices, pero se resume en su menor competitividad, sea por su falta de carácter o por su fragilidad, por su frialdad o por su emotividad, por su desmedida y peligrosa ambición y hasta por su menor habilidad lingüística. Desafortunado es que estas descripciones sean parte del informe publicado por la agencia de noticias CIMAC, que durante 2006 elaboró un estudio con el propósito de conocer la cobertura de la prensa mexicana a la participación política de las mujeres. Su principal conclusión es que las mujeres como protagonistas de la dinámica social y política, sencillamente no existen, y sí y sólo sí cuando son protagonistas de escándalos. De esta manera, y de acuerdo con los resultados de este diagnóstico, Elba Esther Gordillo, Lydia Cacho y Martha Sahagún encabezan la lista de mujeres más mencionadas, y muy atrás quedan Patricia Mercado y Beatriz Paredes, las dos candidatas menos visibles durante la pasada elección.

LA DESIGUALDAD DEL PROCESO EN 2006

De acuerdo con el monitoreo publicado por el IFE sobre la cobertura de las candidaturas a la presidencia por los noticiarios de radio y televisión, en 2006 Patricia Mercado fue quien menos atención obtuvo por parte de las televisoras y las radiodifusoras, con apenas 2.53% del total de las menciones que a las campañas políticas se hicieron.

El partido Alternativa Socialdemócrata y Campesina, de Patricia Mercado, fue el que menos recursos económicos tuvo para competir: 6 millones 633 mil 510 pesos, frente a los 444 millones 844 mil 809 pesos de Roberto Madrazo, o a los 383 millones 612 mil 118 pesos reportados por el equipo de Andrés Manuel López Obrador, o los 257 millones 837 mil 990 pesos de Felipe Calderón -de tales recursos, vale mencionar que el 70 por ciento fueron destinados para la publicidad en medios electrónicos, lo que da una resultante de 757 mil spots pagados-.

Esta desigualdad de recursos, que enfatiza la desigualdad de género para competir en una contienda electoral, se agudiza en el rubro de spots televisivos. De acuerdo con el monitoreo del IFE sobre la contratación de promocionales de televisión que hicieron los y la candidata, basado en el análisis de una muestra representativa durante los cinco meses del proceso electoral, Patricia Mercado registró menos del 1 por ciento de los spots en televisión (0.05%), frente al 29.53% de Felipe Calderón, 25.86% de Roberto Madrazo, 40.48% de Andrés Manuel López Obrador y 3.6% de Roberto Campa. En la prensa el caso es más agudo, pues el equipo de la candidata feminista apenas contrató el 0.02 por ciento de inserciones en los diarios nacionales, frente al 45% de Madrazo, 36% de López Obrador y al 16% de Calderón. Y definitivamente, cualquier alusión a una equidad en la competencia se esfuma en el rubro de spots radiofónicos, en donde Mercado sólo contrató el 0.01% de espacios, frente al 45 % de Calderón y al 25% de Madrazo y López Obrador.

Con estas condiciones, a todas vistas desfavorecedoras, Patricia Mercado hizo un empleo inteligente de los recursos, fue la única que no invirtió en publicidad negativa y que se concentró en aprovechar la contratación de espacios en los medios para presentarse ante los y las electoras, haciendo directa mención de sus propuestas de campaña.

Patricia Mercado fue la única que interpeló a las mujeres, a través de sus spots, como ciudadanas. En contraste, los tres candidatos con mayor poder en esa elección no mostraron conocimiento ni sensibilidad con la agenda de las mujeres. Por el contrario, y como sucede en el proceso vigente para la elección a gobernador en el Estado de México, cuando los candidatos aluden a las mujeres, lo hacen en el marco de los estereotipos sexistas que hemos mencionado, pero nunca las interpelan como ciudadanas.

¿Y qué efecto tiene esta representación en las preferencias de voto? Sabemos que no es determinante, pero sí es importante pues la investigación académica nos demuestra que la representación mediática tiene un efecto en la percepción social. De esta forma, sabemos que es mejor percibido un candidato, pues los medios enfatizan su dureza y raciocinio, así como su agresividad, lejos de la empatía o calidez de una candidata (Kahn, 1992; Nuria Peña, 2007).

LOS ESTEREOTIPOS SEXISTAS DE LAS MUJERES EN LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN

Encontramos que los medios de comunicación reproducen los esquemas y estereotipos de género que discriminan al tiempo que obstaculizan la participación plena de las mujeres en la política. Pero esos medios, si de verdad fueran consecuentes con la igualdad de género a la que hacen alusión, deberían promover —haciéndolas visibles— que ahora son mujeres las que acceden al poder sin importar que sean esposas, madres o hijas.

LO URGENTE

Las acciones que, de manera contundente, motiven cambios en el quehacer de las instituciones mediáticas, para que contribuyan efectivamente a la erradicación de la discriminación que se encuentra en la base de la problemática participación política de las mujeres.

En el marco de la reforma política del Estado, de la Ley Electoral y, desde luego, de la Ley de Medios, es deseable que una profunda reforma tenga como eje la incorporación plena -en condiciones de igualdad- de las mujeres al ámbito de la ciudadanía; que garantice su acceso a los recursos y las herramientas para el desarrollo de su autonomía y el ejercicio de sus derechos a la información y a la libertad de expresarse.

Al día de hoy contamos con pisos jurídicos importantísimos, sobre los cuales esta reforma del Estado puede ser construida con una perspectiva de género, y que tenga en su centro la participación libre e igualitaria de las mujeres. Todo ello realizaría los principios de igualdad y respeto, esenciales para el desarrollo, la justicia y la paz social.

En la mayoría de los análisis de comunicación política poca alusión se hace a las mujeres, sin embargo y como bien lo señala Dominique Wolton, la ciudadanía que constituye el objeto de la comunicación política, sigue siendo denominado como “minoría”, aún y cuando constituye más del 50% del padrón electoral de este país: las Mujeres.

RUMBO A LAS ELECCIONES DEL 3 DE JULIO EN EL ESTADO DE MÉXICO

Desde una definición convencional, la participación política de las mujeres es juzgada como pasiva y conservadora, porque votan menos que los hombres o porque no votan por los candidatos por los que ellos sí. Que tienen menos conocimientos sobre las opciones y los temas políticos que ellos. Que su conducta política es ingenua, idealista y puritana.

Es lugar común encontrar explicaciones que señalan que las mujeres se guían por su emotividad, por su orientación particularista o por su vocación maternal. Eso en el caso de que participen. Pero cuando no participan, se afirma entonces que las mujeres son, por naturaleza, apolíticas.

Este sesgo encuentra razón en los parámetros sobre los que se ha medido históricamente la normalidad política, parámetros que han sido concebidos por y para el sujeto, en masculino, y que han desplazado a las mujeres al orden de lo doméstico. El principal problema en estas definiciones, es que se mira a la normalidad política desde la conducta masculina, lo que se ha traducido en afirmar que, en términos políticos, lo masculino es normal y lo femenino es desviado, cuando no repite las conductas políticas masculinas. Supone, pues, que los hombres y las mujeres comparten exactamente las mismas experiencias de participación y realidad, sin considerar que la de las mujeres puede traducirse en una relación distinta.

Con esta base, y al provenir de una historia compleja y conflictiva por su expulsión histórica de la política formal, la participación política de las mujeres en nuestro país no ha sido tarea sencilla.

En el ámbito de la política electoral, hasta el día de hoy, solamente cinco mujeres se han presentado como candidatas a la Presidencia, sin que ninguna haya resultado electa. En este sentido y pese a la representación femenina en las listas electorales, que supera el 50% ciento y en el Estado de México constituye el 51.8%, en las elecciones de 2006 la única candidatura encabezada por una mujer, fue la de Patricia Mercado, quien obtuvo el 2.70% de las votaciones.

A nivel estatal, este proceso no varía: en 30 años, sólo seis mujeres han gobernado un estado, incluyendo el Distrito Federal. Entre 3.5% y 5% de los municipios del país han estado dirigidos por alguna mujer.

Sólo el 20% de los puestos de ministras, magistradas y juezas han estado encabezados por mujeres. De las 19 secretarías de Estado, 2 son dirigidas por mujeres.1

LA LEY DE CUOTAS

Por otra parte, los partidos políticos no han asumido hasta el día de hoy su responsabilidad frente a la Ley de Cuotas: en la legislatura actual, las mujeres constituyen el 25% en el Senado, mientras que en la Cámara de Diputados son el 26.6%.

Todo ello coloca a México como uno de los países con los índices más altos en la brecha de desigualdad de género: de 130 países, el nuestro ocupa el lugar 99.2

Estas condiciones, encuentran razón en muchas y serias cuestiones que obstaculizan y que en muchos casos impiden la igualdad de condiciones necesaria para una plena participación de las mujeres en la esfera política.

Sin embargo, y pese a ello, las mujeres han generado rupturas al momento de involucrarse en acciones y alternativas de participación política consciente y responsable, a partir de las cuales han logrado construir una identidad política auténtica; y lo más importante, promover acciones que garanticen el reconocimiento y ejercicio de los derechos humanos fundamentales de todas las mujeres.

Un claro y notable ejemplo de ello, lo constituye la publicación de la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, que fue promovida en la LIX legislatura por diputadas feministas como Marcela Lagarde y Angélica De la Peña. Esta Ley, que obliga a realizar transformaciones estructurales fundamentales para el ejercicio pleno de la ciudadanía de las mujeres. En este sentido, el reconocimiento de la ciudadanía de las mujeres, no ha sido producto de una dádiva gratuita, sino de un trabajo consistente y continuado.

¿Qué sucede en México cuando las mujeres buscan acceder a puestos políticos?
Podemos afirmar que en el ámbito de la política institucional, los conflictos que ellas experimentan, se acentúan. Así, aunque escasos, pero los ejemplos son contundentes.

En primer lugar, encontramos que existe una arraigada percepción de que las mujeres son menos efectivas para puestos de representación y desempeño de funciones públicas. ¿Mito o realidad? De acuerdo con lo que nos muestra la propia experiencia, este es uno de los argumentos más utilizados por las instituciones políticas, y también por las mediáticas, para frenar la participación de las mujeres en estos ámbitos. Afirmar que las mujeres se guían por su afectividad, por su ingenuidad, por su pasión o por su naturaleza instintiva, constituyen los mejores argumentos en esta línea.

Segundo. ¿Qué es lo que afirman las instituciones —de nuevo incluidos los medios de comunicación— cuando la candidatura a un cargo público la encabeza una mujer? Que “la sociedad todavía no está preparada para tener una presidenta o una gobernadora”. Juicios como éste se escuchan frecuentemente aún y cuando las mujeres han mostrado su competencia para dirigir instituciones políticas. Respaldadas en “lo que quiere la opinión pública”, dichas afirmaciones evidencian la reproducción de una inercia cultural que no se corresponde con lo que la ciudadanía quiere. Por el contrario, varios estudios demuestran que cada vez más mujeres y hombres reconocen la capacidad de las mujeres para conducir las instituciones.

Creencias como las anteriores, encuentran razón en pensar que las mujeres deben ser especiales o contar con capacidades excepcionales para dedicarse a la política. ¿Y qué se entiende por ser excepcionales? ¿Acaso ser más inteligentes, más capaces o más hábiles? ¡Cuántos políticos no se han contado en la historia de nuestro país que si por algo han destacado es por su falta de capacidad, inteligencia y sensibilidad para gobernar!

Entiendo que esas capacidades excepcionales se refieren más bien al sobreesfuerzo físico y emocional que las mujeres deben experimentar una vez que apuestan por la carrera política, trabajando más y manteniendo la voluntad, pues, al no ser el político un espacio que se reconoce de su pertenencia, son vigiladas y juzgadas con más dureza, de ahí el desgaste que les representa ganarse el derecho y el reconocimiento de estar ahí.

De esta manera, si comparamos la expresión formal “igualdad de género” —tan en boga en el discurso de las instituciones, de partidos políticos, y de los propios medios de comunicación— con los indicadores específicos que evidencian la desigualdad entre mujeres y hombres en los ámbitos político, social, económico, cultural y educativo, el panorama en México es más bien pesimista porque estos decálogos de buenas intenciones no se traducen en la experiencia cotidiana que viven las mujeres.

*Investigadora del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades de la UNAM.
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1 Inmujeres / INEGI (2010), Mujeres y Hombres en México, 2010, Inmujeres, INEGI, México.
2 World Economic Forum (2010), The Global Gender Gap Report 2010, WEF, Geneva.

Aimée Vega Montiel*