Agua para elefantes
La pantalla del sigloAnnemarie Meier
En una noche lluviosa se apagan las luces de un circo. En la penumbra aparece un anciano que estorba el paso de un camión en el estacionamiento. En una silla de ruedas el hombre es llevado a la oficina del administrador a quien le empieza a hablar de su vida y la importancia del circo. “Tuve un vida buena”, comenta el anciano que se “fugó” de una casa de descanso. “Es un historia larga”, nos advierte antes de empezar a narrar en un flash back cómo en 1931 llegó a vivir en un circo que recorría los Estados Unidos de Norteamérica inmersos en una depresión económica.
Hijo de judíos polacos, Jacob Rosenbluth estaba por recibirse como médico veterinario cuando una tragedia familiar lo dejó en la calle -más bien en las vías de tren- dónde como por arte de la magia, pudo abordar un tren que trasportaba un circo. El tren y sus habitantes, los animales y seres humanos, se convierten en un nuevo hogar para el joven idealista con sueños y necesidades de amor, una figura paterna y la compañía de animales. El dueño del circo, su frágil esposa y la inteligente elefanta Rosie se convierten en la nueva familia de Jacob, una compañía que, al mismo tiempo que proporcionarle un hogar, también le trae dilemas y provoca conflictos.
Agua para elefantes (Water for Elephants) está basada en una novela de Sara Gruen publicada en 2006. El guión de Richard LaGravenese y la dirección de Francis Lawrence respetan los temas y convenciones narrativas de los grandes dramas y melodramas de Hollywood. En Agua para elefantes lo diferente -y cinematográfico- son el circo y sus animales. Más que los actos de circo que uno se esperaría de una trama que se desarrolla en una carpa, es el cuidado y proceso de domesticación de los animales que hace avanzar el conflicto y constituye el clímax del filme. ¿Tendría que ver con el carácter contradictorio del director del circo que, de esposo y patrón comprensivo y amoroso, puede cambiar a hombre colérico y brutal cuando se lastima su autoridad y poder? ¿Serían los animales la parte salvaje de la naturaleza humana de la que la elefanta que, por cierto, entiende polaco al igual que su joven cuidador, es la parte sabia y la memoria del humano?
Una historia dramática “a la antigüita” como Agua para elefantes cobra vida sobre todo a través de la producción, la dirección de arte, la música y la actuación. El tren con sus vías y su poderoso movimiento, es, sin duda una metáfora potente de la vida y el destino. El diseño de arte invita al espectador a un viaje de nostalgia que la música de James Newton Howard subraya de manera eficiente. La fotografía del mexicano Rodrigo Prieto acentúa con sus tonos sepia la magia del circo, sobre todo en las escenas con la elefanta que, a veces aparece como un verdadero gigante al lado del frágil humano mientras que en otras, parece interactuar con el humano a su mismo nivel. En cuanto a la actuación es una lástima que Christoph Waltz, en el papel del colérico dueño del circo, no encuentre una contraparte ni en Robert Pattinson, exvampiro convertido en el veterinario Jacob, ni en Reese Witherspoon como Marlene, la bella domadora de caballos y elefantes.
Agua para elefantes es un filme taquillero gracias a los elementos y la narración de un gran drama al estilo de Hollywood, actores como el joven divo de Crepúsculo y el experimentado Waltz de Bastardos sin gloria, una producción, fotografía, dirección de arte y diseño sonoro sumamente efectivos. Es un tipo de cine que se disfruta sobre todo después de la ola de filmes estadunidenses con un despliegue formal y efectos realizados para lucir la técnica del 3D. Sin embargo, hoy en día ya no nos basta una historia y una producción potente si no nos reconocemos en ella. Quizá faltó llenar la historia de contenido o permitirle al espectador una trasposición de relato que está íntimamente ligado a la historia de Estados Unidos de Norteamérica, al mundo globalizado y complejo que vivimos en la actualidad.








