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El Papa que nunca sintió vergüenza por México

La historia en breveCiro Gómez Leyva

Fueron décadas de lucha contra un manto de silencio. Pero tantas historias singulares de abuso sexual contra menores, tantos testimonios parecidos comenzaron a dar fruto en el año 2002. Un terremoto sacudió a la Iglesia católica. El propio Juan Pablo II tuvo que reconocer en la carta de Jueves Santo que se declaraba “profundamente conmocionado” por los escándalos “causados por algunos hermanos”.

Y es que se multiplicaba la cadena de historias en donde un religioso abusaba sexualmente de un menor. Los medios, tan reacios a difundir testimonios de las víctimas, giraron 180 grados. El tema se volvió cotidiano en The New York Times y USA Today. En esa Semana Santa llegó a la portada de Time y apareció un artículo en la primera página del Financial Times, donde se calculaba que el monto de las indemnizaciones a las víctimas superaría los mil millones de dólares.

El terremoto golpeaba con dureza a Estados Unidos. Brotaron historias en Boston, Washington, Philadelphia, Los Ángeles, New Hampshire, San Luis, Florida, Maine.

El domingo 28 de julio, en su homilía expresada ante medio millón de jóvenes en Toronto, Canadá, el Papa dijo sentir vergüenza y tristeza por los casos de abuso sexual en la Iglesia y pidió a los jóvenes “que no se descorazonaran por los pecados y errores de unos cuantos”.

Arribó a México tres días después para zanjar la polémica sobre Juan Diego, abrazarse con los indígenas, saludar a sus 80 millones de fieles. Pero nada dijo de Marcial Maciel y otros sacerdotes sobre quienes pesaban gruesos testimonios. Por el contrario, tuvo a su lado a los pederastas y los abrazó.

Fue la quinta y última visita de Juan Pablo II a México.