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Al fin de la piedad

Antes de hacerse con su cuarto Grand Slam, Kim Clijsters ha debido cansarse de tanto perdonar los errores de Li Na, allí donde nadie sino los crueles logran prevalecer.

¿Qué vale más, la sed o la experiencia? En su octava final de Grand Slam, Mamá Kim tiene enfrente a una primeriza que no obstante le lleva un año de vida y una sed de victoria que se le ve de lejos. De las siete finales precedentes, la Clijsters ha perdido ya cuatro, entre ellas una aquí, siete años atrás contra Justine Henin, su compatriota y por entonces ejecutora de cabecera. Esta vez, sin embargo, llega con el injerto de confianza que supone llevarse el US Open por segunda ocasión consecutiva y haber llegado aquí machacando a Dinara Safina en la primera ronda sin el mínimo asomo de piedad.

Ya se sabe: en el campo de batalla, el perdón es pecado mortal. Pese a ello, en la noche de la final del Abierto Australiano reina el fantasma de la misericordia. Tras comenzar el juego avasallando a la china Li Na con ocho puntos ganados al hilo, parecería que Kim se deja contagiar la inseguridad. O será que Li Na redescubrió la pólvora y con ella le está respondiendo los saques, pues a partir de ahora no volverá a servir a sus anchas. Tiene encima a una fiera con las garras crecidas, que la obliga a jugar a la defensiva y replegarse atrás con todo y sus cañones: el escenario ideal para caer vencida sin todavía entender cómo o por qué. Cuando termine el set, habrá sufrido tres roturas de servicio y tendrá a medio estadio convencido de su debacle inminente.

Ya en la segunda manga, errores y perdones siguen multiplicándose, prueba de que un partido muy reñido y uno de calidad no necesariamente son la misma cosa. Pasados cuatro quiebres en hilera, bajo el peso de tantas oportunidades echadas al bote de la basura, el flujo de la sangre se detiene por unos cuantos puntos y de pronto ya es Clijsters quien parece mejor dispuesta a dictar. El servicio de Li Na se desmorona, hasta el punto de hacerse insostenible y derrumbarla todo el camino hasta el final del segundo set.

Diez rompimientos en sólo dos sets no arman una estadística decorosa, pero ya a estas alturas de la sed los números se hacen inmateriales. La Na le ha permitido a Kim Clijsters reagruparse y ahora debe pagar el precio exorbitante de tanta compasión inconsecuente. Una vez más, la belga inicia el set ganando su servicio en cero y acto seguido quebrando el de Li Na, aunque sólo para volver a perderlo… y volverlo a romper. Con 13 quiebres en 22 juegos, el partido recobra el equilibrio merced a la experiencia de Kim, que ya se mira con su cuarto trofeo de Grand Slam en las manos y no está para nuevos sobresaltos. En sus últimos tres turnos al servicio, perderá nada más que un punto, a causa de un error no forzado: el último de sus 26, contra 40 de la semifinalista del año anterior.

“Me devolvía con tanta fuerza los servicios que yo no terminaba de hacer mi movimiento, con tal de estar ya lista para responder”, resopla Kim más tarde, todavía presa del aturdimiento ocasionado por tanta inconsistencia compartida, pero ya bombardeada por preguntas que apuntan a los próximos torneos mayores. ¿Se siente lista para Roland Garros y Wimbledon? ¿Ve probable un Kim Slam a estas alturas? ¿Ha pensado en ser madre una vez más, y luego regresar de nuevo a competir? La campeona de Australia 2011 descarta entre sonrisas estas insensateces. Tantas resurrecciones en un tiempo tan corto difícilmente dejan sitio para los sueños.

Xavier Velasco | Enviado, Melbourne, Australia