¿Otra vez Kim vs. Caroline?
Caroline Wozniacki festeja ante los aficionados asistentes a la cancha central del Abierto de Australia.
El mensaje es clarísimo: La señora de la casa no está. Y vaya que se nota. La ausencia de Serena —para muchos, la número uno auténtica, en esta era de campeonas frágiles— es una puerta abierta por la que ahora se pelea con uñas, dientes y verduguillo, pero ahí están Kim Clijsters, lista para cerrarla por dentro, y Caroline Wozniacki, decidida a no ser otra número uno incapaz de robarse un torneo mayor. Con las hermanas Williams fuera de combate, cuesta trabajo creer que Vera Zvonareva y Li Na guarden las municiones suficientes para impedir una final entre las dos. Que al final es lo menos que se espera de una digna número uno del mundo.
Por lo pronto, la exhibición de fuerza de Sweet Caroline frente a una Francesca Schiavone brava e irreductible —¿quién diría, de sólo verla dar toda esa guerra, que un par de días antes disputó el partido de Grand Slam más largo de la Historia?— apenas deja dudas sobre la seriedad de sus ambiciones. Y si a ello le añadimos sus memorables conferencias de prensa, donde día con día la danesa reparte sonrisas a granel y rebanadas gigantes de carisma, no es de extrañar que a estas alturas sea la favorita emocional del Abierto Australiano.
Y al otro lado lucha el Rayo de Flandes, bien plantada frente a Agnieszka Radwanska, quien ha dejado ir el primer set y le arrebata varios buenos puntos, hasta incluso romperle un servicio y salir a servir por el segundo. Sólo que en este juego lo que cuenta es ganar no sólo varios puntos, sino los importantes, y en eso a Clijsters no es sencillo superarla. Sólo hay que ver la furia con la que recupera su servicio y empuja el set hacia la muerte súbita para saber que viene a lo que viene y no está para abrirle rendijas al azar. Dos parpadeos más tarde, el partido es suyo.
Además de exhibir una dosis inapelable de superioridad, la tres veces campeona del US Open hace gala del dominio de sí misma que, por quinta ocasión, la tiene en las semifinales, delante de una Vera Zvonareva que ha quedado sembrada por encima de ella y ya arrastra el estigma de dos finales de Grand Slam consecutivas perdidas, la última precisamente frente a Clijsters. Es decir, si insistimos en ponernos sensatos, pasaremos trabajos para imaginar que cualquiera de las tres contendientes vivas —hay aún quienes conceden a Li Na el beneficio de una duda esperanzada— sea capaz de pegar en la línea de flotación de la belga, cuyo poder hasta hoy no ha estado a discusión.
Ahora bien, si en singles masculinos la situación es lo bastante predecible para que en las semifinales figuren ya, como ha sido costumbre, los tres primeros del ranking mundial (ahora mismo, delante del cronista, el ucraniano Alexandr Dolgopolov —la única sorpresa que todavía se mueve— está empuñando el hacha sin mucho éxito contra Andy Murray por el último espacio disponible), uno tiene la impresión oscilante de que entre las mujeres todo puede pasar, e incluso una final entre Li Na y Vera Zvonareva podría ser plausible, si no deseable, toda vez que no existe la perspectiva de una rivalidad comparable a la histórica Federer-Nadal.
Los medios, mientras tanto, se alimentan de un extenso romance con Sweet Caroline. Ayer mismo se la vio aparecer en la conferencia de prensa acompañada de un canguro inflable que le ha permitido continuar cortejando a los locales (vamos, que si no fuera así de linda ya le estaría llamando populista). Una jugada ciertamente muy hábil, aquí donde el asunto del tenis se toma con pasión inigualada y el fanatismo es cosa natural. Si he, pues, de ser sincero, espero junto a miles de australianos un partido final Wozniacki-Clijsters, y con ellos me doy a creer que las semifinales serán cuestión de trámite. Cosas que pasan siempre que la señora de la casa no está.
Xavier Velasco. Enviado, Melbourne, Australia








