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Sólo para virtuosos

Ya en cuartos de final, las raquetas se afinan. Como se ha hecho costumbre, y a pesar del recelo de los agoreros, Federer y Nadal avanzan como un par de aplanadoras.

“Vine a Australia a jugar, no a lucir camisetas”, sonríe Rafa Nadal en el trance de explicar las posibles razones por las que frente al croata Marin Cilic no ha sudado ni la mitad que un par de días antes: esta vez ha elegido la camiseta de un número más grande. Pero ha sido más que eso. A cada nueva ronda, los auténticos dueños de la bola van ganando dureza, consistencia y aplomo. Si en las primeras rondas parecían vulnerables, llegada la segunda semana del torneo ya se les ve macizos y dominantes. Es por supuesto el caso de Rafa, que ha barrido con Cilic en tres sets suavecitos y expeditos, sin perder un servicio ni sufrir casi sobresalto alguno.

“Yo diría que me afectó la temperatura, hacía frío y las bolas apenas si botaban; es un clima mejor para Nadal”, se defiende el croata de su propio estupor, pero un rato más tarde, informado al respecto, el mallorquín sonríe y lo contradice. ¿O no es su juego acaso el que más raja saca de los botes altos? Pero ya se hizo tarde para traer a cuento los granos de Granada: una de las virtudes más gratas de quienes en los últimos seis años han confiscado poco menos que todos los trofeos importantes está en jamás buscar excusas por sus fallas. También por esa causa están donde están.

No nos hagamos, pues. Da gusto que los otros se superen, y hasta de pronto amaguen con faltar al respeto a sus mayores, pero el hecho, hoy y aquí, es que El Tema no deja de flotar en el aire, y conforme el torneo avanza y desemboca en cuartos de final: no parece haber más ni mejor horizonte que la final probable entre los dos más grandes de la Historia, que por sí solos forman un club aparte donde hasta estos momentos nadie más ha ganado membresía. Y eso tiene que estar flotando en la cabeza de Stanislas Wawrinka, que en la tercera ronda logró el equivalente a un juego sin hit y ahora tiene una cita con el Suizo Mayor.

No éramos pocos quienes aguardábamos por una verdadera guerra civil, aunque no está de más tener en cuenta que los protagonistas, ay, son suizos. Por lo demás, Federer está lejos del candor. Hasta la fecha no se cansa de repetir que lo que le acomoda no es defenderse, sino lanzarse entero a la ofensiva y sentir que el destino descansa en sus hombros.

Responsabilizarse por el marcador. Y allá está, finalmente, lanzando tiros duros desde el fondo contra un Wawrinka que comienza nervioso, muy lejos del que fue dos días atrás.

Debe de ser una calamidad recién aterrizar en la cancha central del Abierto Australiano y escuchar al animador enumerar la impresionante lista de torneos mayores que han ido a dar a manos del oponente —como si en vez de un pase a semifinales se disputara el cinturón mundial de los pesos pesados—, y el hecho es que Wawrinka no puede ya por menos de empequeñecerse frente a un Roger que gana terreno y estatura en cada nuevo game, y ya sus tiros zumban justo con esas dosis de jiribilla que lo han llevado a disputar, sólo en este torneo, siete semifinales consecutivas. Vamos, ya huele a ocho.

Si en las primeras rondas pudimos verlo trastabillar, y hasta perder dos sets en un solo partido —gasolina para sus detractores, que en vísperas de cada nuevo torneo no resisten la tentación de jubilarlo—, el Roger al que vemos en cuartos de final ante un Wawrinka tímido y errabundo es el mismo coloso que desde el 2003 no se ha cansado de imponer su ley, torneo tras torneo y especialmente en los de Grand Slam, que es donde las raquetas más poderosas del mundo dan la medida de sus capacidades. No sé, pues, si decir que el mayor ganador de Grand Slams de la Historia le está dando una clase de tenis a su compatriota o es sólo que nos brinda un concierto de raqueta.

No podían faltar, a estas alturas del virtuosismo, deslices acrobáticos como el ya clásico federerazo, consistente en pegarle a la pelota por en medio de ambas rodillas y aterrizar la bola en terreno franco, ni aquellos duelos de voleas en la red que hablan claro de la óptima salud de sus reflejos. Una vez que Wawrinka se rinde a la evidencia y no puede evitar el tercer rompimiento del partido (y al chico rato deja ir el segundo set), la exhibición de poder absoluto hace ya las delicias de un público australiano totalmente entregado a admirar los encantos del tenis más bonito imaginable.

¿“Imaginable”, dije? Temo que exageré. Luego de este banquete de superioridad incontestada debería aclarar que lo mejor de estas jugadas mágicas es que tal vez ni Federer se las ha imaginado. Es decir que otra vez estamos frente al mito. Con permiso de todos, este cronista pasa a quitarse la gorra.

Xavier Velasco. Enviado, Melbourne, Australia